miércoles, 2 de abril de 2025

1988: Primera cita con Ariel

 


Su buen humor me relaja, aunque no puedo evitar sentirme un poco nerviosa, encantada por su presencia. La mezcla de su risa y la situación me hace sonreír, mientras pienso que esta salida podría ser el inicio de algo especial.

Ya en la cafetería, por lo tarde que era, no había menú del día, pero conseguimos pedir un par de bocadillos de calamares a la romana. Mientras el aroma a fritura se mezclaba con el bullicio del lugar, pedí una clara y él me miró con curiosidad.

—¿Y eso qué es? —preguntó, animándose a pedir una también.

Ya en la conversación, le pregunté si se iba a dedicar a la música.

—¡Oh, no! Me encanta la música, pero ese mundo que la rodea no me gusta nada. Voy a dirigir las empresas de mi padre, aunque a mi me atraen los astros y las computadoras. Aunque si pudiera elegir, pasaría la vida en mi velero. Me encanta navegar, ver el cielo por la noche sin luces de ciudades, el sonido del mar...

Se iluminó al hablar de su pasión, y su mirada se perdió en el recuerdo.

—Bucear es como volver a Dios, ¿viste? Cuando te sumerges en las profundidades, es como si te despojaras de todo, como si las burbujas que suben a la superficie llevaran consigo tus preocupaciones. Allí, en el silencio del agua, es como si encontraras un rincón sagrado en tu corazón, donde cada latido se siente en sintonía con el universo.

                El bocata de calamares era una delicia, crujiente y lleno de sabor. Solo en Madrid, se podía encontrar algo tan rico. La combinación del marisco frito con la frescura del pan hacía que cada bocado fuera un pequeño festín.

—Esto está buenísimo —dijo, disfrutando del momento, mientras yo sonreía, como si el ambiente y la conversación nos unieran más. En ese momento, viéndole comer con la misma pasión que hablaba, creo que me enamoré, un aleteo de mariposas en el estómago casi no me dejaba comer.

—Por favor, Meri, ¡comed! ¿No te gusta? —dijo, mirándome con una mezcla de sorpresa y diversión—. Porque yo repito, ¡jajaja! Este bocata está de rechupete.

En la acogedora cafetería, del Polígono de Vallecas, el aroma del café recién hecho llenaba el aire, mezclándose con el murmullo de las conversaciones y el sonido del vapor de la máquina de expreso. Me sentía cómoda en ese rincón, envolviéndome en la calidez de una tarde tranquila. Pero de repente, la atmósfera cambió cuando él, con una intensidad que me tomó por sorpresa, me miró directamente a los ojos. Sus ojos eran profundos y oscuros, casi como si pudieran leer mi alma, desnudando mis secretos más ocultos.

 —¿Cuál es la verdadera razón por la que no has salido con nadie o lo intentas? —me preguntó a bocajarro, su voz firme y decidida.

 Yo, sorprendida, parpadeé, intentando encontrar las palabras adecuadas. La sinceridad de su pregunta me intimidó, y aunque las dudas danzaban en mi mente, logré responder:

 —Bueno, los pocos chicos que he conocido son superfluos; basan su propia valía en lo que tienen, y yo… no tengo nada.

 Él hizo un gesto suave, poniendo su mano en mi boca con dulzura, como si temiera que mis palabras fueran demasiado pesadas para el aire que nos rodeaba. Luego, con un tono aún más profundo, insistió:

 —La verdad. La verdadera razón.

                 Sentí cómo un peso se aligeraba al abrirme a él. Y sin pensarlo, dejé que las palabras fluyeran como un río que ha estado represado demasiado tiempo.

 —Cuando tenía seis años, tuve leucemia. Recibí un ciclo completo de quimioterapia, y dos años más tarde, volvió. —Mis palabras salieron en un susurro, casi un eco de mi infancia dolorida—. Cuando todas las niñas de mi clase tenían la regla a los doce años, me hicieron unas pruebas y me dijeron que no podría tener hijos. Un año después, por fin me bajó la regla, y mi madre me llevó a un especialista privado. Les pidió dinero a mis tías para hacerlo, y el veredicto fue el mismo: tengo unas hemorragias enormes y a veces dolores terribles cuando baja, pero sin óvulos fértiles.

 Una sombra de tristeza se dibujó en su rostro, pero él no se apartó. En lugar de eso, me hizo una pregunta inesperada.

 —¿Eres cristiana practicante?

 —Quise ser monja y casarme con Jesús, pero hasta eso salió mal —respondí, con una risa amarga en mis labios—. Descubrí que el convento tampoco era lo mío.

 Él, visiblemente interesado, asintió y me miró con compasión. Luego, comenzó a contarme la historia de la hemorroísa, con una dulzura y pasión que me conmovieron profundamente.

 —Era una mujer que, como tú, había sufrido tanto. Durante años, había estado enferma, buscando ayuda en cada rincón y encontrando solo decepción. Pero cuando escuchó de Jesús, supo que, si tan solo podía tocar su manto, podría sanar. Ella tenía fe, una fe que movía montañas.

                Su voz era como un canto, cada palabra cuidadosamente elegida, y al contarme esa historia, me sentí transportada. La imagen de la hemorroísa, arriesgándose en medio de la multitud, resonaba en mí. ¿No era yo también, en cierto modo, una luchadora en mi propia batalla?

 —¿Y tú? —me preguntó, rompiendo la burbuja en la que había estado inmersa—. ¿No crees que los milagros pueden existir? ¿Qué estamos en manos de Dios?

                 La forma en que formuló la pregunta, con un dejo de esperanza, me tocó el corazón. Sentí que, por primera vez, alguien realmente me veía y no solo la herida, sino la persona que era, a pesar de todo.

 —Tal vez... —dije, sintiendo que mi voz se quebraba un poco—. Tal vez los milagros están ahí, esperando a que nos atrevamos a creer en ellos.

                 El silencio se instaló entre nosotros, pero esta vez, era un silencio lleno de posibilidades.

—“La herida es el lugar por donde entra la luz —dije, recordando la frase de Rumi—. Claro, por eso Jesús se hacía acompañar de pecadores. Tenían más posibilidades —solté una risa ligera, sintiendo la complicidad en el aire.

 Él sonrió, sus ojos brillando con un entendimiento que me llenó de calidez.

 —Exacto —contestó, apoyándose un poco hacia adelante, como si estuviera compartiendo un secreto—. Jesús sabía que los que más habían caído en la vida eran también los que más podían levantarse. Había una belleza en su vulnerabilidad. No se trataba de ser perfecto, sino de ser real.

                Se pasó una mano por el cabello, y sus palabras tenían un tono que me hacía sentir como si estuviera escuchando a un amigo íntimo.

—Mira, la vida no es una línea recta. Todos tenemos nuestras historias, nuestras cicatrices. Y creo que Jesús se acercaba a esos "pecadores" porque veía en ellos algo que muchos no podían: la capacidad de amar y de cambiar. Es como si te dijera: "Chica, a veces la vida te golpea, pero eso no define quién eres. Tu esencia está en cómo eliges levantarte".

                Su mirada se volvió más intensa, como si quisiera que comprendiera la profundidad de lo que decía.

—¿Y sabes qué? A veces, esas cicatrices son lo que nos hace más interesantes. Todos llevamos nuestras cargas, pero son esas experiencias las que nos unen. En el fondo, todos buscamos conexión, amor, aceptación.

                Me miró con una mezcla de dulzura y complicidad, como si hubiera lanzado un ancla a mi corazón. Era un lenguaje que iba más allá de las palabras, lleno de promesas y posibilidades.

—Así que, en lugar de esconder nuestras heridas, deberíamos celebrarlas. Porque son parte de nuestra historia. —Hizo una pausa, sus ojos nunca abandonaban los míos—. Y yo creo que, si hay algo que Jesús nos enseñó, es que el amor siempre encuentra el camino, incluso en los lugares más oscuros.

                Su voz tenía un suave eco de confianza, y sentí que cada palabra era un hilo que tejía un lazo más fuerte entre nosotros. Me di cuenta de que me encantaba la forma en que pensaba, cómo iluminaba lo cotidiano con su perspectiva única. Era como si el aire a nuestro alrededor estuviera vibrando con una energía nueva y emocionante.

Lo miré, sintiendo cómo cada palabra que salía de mi boca era un eco de todo el dolor que había llevado dentro.

—Si solo tuviera una herida, si solo fuera lo de no tener hijos... —comencé, mi voz temblando levemente—. De pequeña, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, yo decía "mamá". Las otras contestaban "famosa", "cantante", "astronauta", "enfermera", "médico"... Yo solo quería ser mamá.

Él me escuchaba atentamente, como si cada palabra que pronunciaba era un paso hacia la sanación.

—Luego está lo de mis padres. Solo recuerdo peleas, golpes. La familia de mi padre y sus denuncias... Fui la niña que acudió a más juicios en la comunidad de Madrid, por culpa de la familia de mi padre y sus envidias que los separaron. Además, en el colegio sufrí acoso escolar porque era demasiado inteligente y, además, sensitiva. Me llamaban la rarita, la hija de la loca, porque mi madre se volvió antisocial después de que mi padre empezara a pegarla y cuando intuía algo, y lo decía y pasaba, la gafe, nadie se sentaba conmigo, ni jugaba, mi primera amiga en el colegio la tuve con 14 años. ¿Cómo se puede reparar un corazón tan lastimado? —las lágrimas empezaron a asomarse en mis ojos, mientras una sensación de vulnerabilidad se apoderaba de mí—. Cuando no hiciste daño a nadie y solo recibiste palos e ingratitud.

Él me miró con una dulzura que me envolvió, como si quisiera envolver mis heridas en un abrazo cálido.

—Amiga, cada cicatriz que llevas es un recordatorio de tu fortaleza. —Su voz era suave, casi como un susurro—. La vida no siempre es justa, y el dolor puede parecer abrumador. Pero recuerda, no estás sola en esto. A veces, en la oscuridad, encontramos la luz más brillante.

                Hizo una pausa, su mirada fija en la mía, como si buscara llegar a lo más profundo de mi ser.

—Reparar un corazón lastimado no significa borrar el pasado. Significa abrazarlo y aprender de él. Cada experiencia, cada golpe, te ha llevado a ser quién eres hoy: una mujer fuerte y compasiva. El amor que buscabas en la maternidad se puede manifestar de muchas maneras.

 Sus palabras resonaban en mí, cada una como un pequeño bálsamo para mis heridas.

—A veces, la vida nos enseña a amar en formas que nunca imaginamos. Puede que no sea a través de los hijos biológicos, pero hay tantas maneras de dar amor y recibirlo. Mira a tu alrededor, a las personas que te rodean, a los que necesitan tu luz.

—¿Pero ¿cómo? —pregunté, sintiendo la vulnerabilidad en mi voz—. ¿Cómo puedo sanar de todo esto?

Él sonrió con ternura, como si compartiera un secreto antiguo.

—Sanar comienza con el perdón, tanto hacia ti misma como hacia aquellos que te han herido. No significa que olvides, sino que sueltas el peso que llevas. Cada vez que eliges el amor, incluso en medio del dolor, estás sanando. Eres un ser divino, y tu esencia es hermosa.

—Pero... ¿y si duele? —insistí, el miedo asomando en mi voz.

—El dolor es parte de la vida, querida Meri —dijo, con una calidez que me llenó de consuelo—. Pero recuerda, el amor también está presente en el dolor. Permítete sentir, pero no te quedes atrapada. La verdadera liberación viene cuando abrazas tu historia, con todas sus luces y sombras. Cada día es una nueva oportunidad para comenzar de nuevo, para crear tu propia historia de amor y sanación.

Mientras hablaba, sentí que sus palabras eran un faro en la oscuridad, iluminando el camino hacia la esperanza. Con cada frase, algo dentro de mí empezaba a desearlo, a anhelar esa luz que prometía la sanación.

Se levantó de la mesa y, con una retranca argentina que me hizo sonreír, me dijo:

 —Ven aquí que te dé un abrazo fuerte de oso.

 Me acerqué a él, sintiendo su calidez, mientras él continuaba, con un guiño de complicidad:

 —Como dicen por ahí, "El que no arriesga, no gana". Y, si es que hay que creer en algo, hay que creer que el mundo está lleno de infinitas posibilidades. ¿Quién sabe? Quizás tus médicos se equivocaron, y hasta puedas tener una cura. Quizás tu destino sea estar con un tipo guapo, rico, que navega en velero, y llenemos una casa de perros, gatos y niños.

 Se le subieron los colores mientras hablaba, y no pude evitar reírme ante su atrevimiento.

 —Tal vez, con un poco de suerte, te encuentres en la cubierta del velero, con el viento en la cara y el sol brillando, rodeada de toda esa locura hermosa que es una familia.

 —¡Qué locura! —dije entre risas—. Pero suena bonito.

 —¡Es más que bonito! —exclamó, mientras me ofrecía su mano para que lo acompañara—. ¡Es la vida, che! Y si lo quieres, hay que ir por ello. Y que no se te olvide, “Dios ayuda a quien se ayuda”. Así que levanta esa mirada y sigue adelante.

 Y mientras me daba un abrazo que parecía absorber toda mi tristeza, sentí que tal vez, solo tal vez, el mundo podía ofrecerme Éramos tan jóvenes, él con solo 20 años y yo con 18, pero ahí estábamos, hablando como dos verdaderos adultos, compartiendo sueños y miedos. De repente, me interrumpió con una risa suave.

 —Hay que regresar a la nave, se van a preocupar por nosotros. Van a creer que los drogatas del barrio nos han raptado para pedir un rescate —dijo, con esa chispa de humor que hacía que todo pareciera más ligero, refiriéndose a los toxicomanos de la Celsa

 Me reí, imaginando a nuestros amigos con cara de preocupación, como si realmente fuéramos un par de aventureros en peligro.

 —Meri, mañana sábado, si no has quedado con nadie, me gustaría ir al cine contigo —agregó, mirando a los ojos, como si su propuesta fuera un pequeño secreto que sólo compartíamos nosotros dos.

 La emoción me recorrió al escuchar sus palabras. ¡Iba a salir con él!

 —Me encantaría —respondí, sintiendo que mi corazón daba un pequeño salto—. De hecho, tengo muchas ganas de ver esa nueva película de la que todos hablan.

 — ¿Te refieres a Ghost? Perfecto, entonces es una cita —dijo, sonriendo como si hubiera ganado un premio.

 La conversación fluyó de nuevo, llena de risas y complicidad. Hablamos sobre películas, música y nuestros sueños para el futuro, como si el mundo que nos rodeaba se desvaneciera, dejando solo ese pequeño espacio donde todo era posible.

 Y aunque éramos solo dos adolescentes en una cafetería, esa noche sentí que había algo especial en el aire, como si el destino nos estuviera sonriendo. más de lo que había imaginado.

La única que se enteró de que tenía una cita fue mi madre, que se asomó al balcón para echarle un ojo. Se sonrió al vernos. Mi madre, ni dando saltos, siempre estaba atenta a mis cosas; yo era tan sensitiva e intuitiva como ella, pero eso es otra historia. Bajé, y él salió del coche para abrirme la puerta. Me encantó ese detalle, tan caballeroso. Saludó a mi madre con una sonrisa.

 —Señora Mercedes, no se preocupe, vendremos pronto —le dijo con esa confianza que me hizo sentir un poco más tranquila.

 A él le había sorprendido que quedáramos a las tres de la tarde, pero era la hora habitual en que yo quedaba con mi amiga Elvis para ir al centro. Íbamos a la primera sesión del cine y luego no sé qué haríamos; quizás él quisiera ir a bailar, pero sorprendentemente, fuimos a la cafetería Nebraska, que estaba al lado del cine, a merendar. Pedimos tarta y café. Era un goloso, como su padre y como yo.

 Después de un rato, me preguntó si me había gustado la película.

 —Me encantó —le respondí—, pero me recordó a "En ocasiones veo muertos".

 Se echó a reír y dijo:

 —Lo sabía, eres muy rarita...

 No pude evitar reírme también. La conexión entre nosotros crecía con cada broma y cada palabra.

 —Mañana volvemos a quedar y vemos Beetlejuice, ¿qué te parece?

 —Genial —respondí, sintiendo que la emoción me recorría de nuevo.

 Mientras saboreábamos nuestras tartas, me atreví a decir:

 —Creo que hay algo más, que el cuerpo es como un traje y cuando ya no sirve, lo dejamos.

 Él me miró con curiosidad y, como si estuviera compartiendo un secreto, me preguntó qué opinaba de las almas gemelas que se encuentran vida tras vida.

 —No sé a qué te refieres, no he leído sobre eso... —confesé, sintiendo una mezcla de intriga y vulnerabilidad.

 Se sonrió, como si supiera que había un mundo nuevo por descubrir, y comenzó a explicarme de una manera poética:

 —Las almas gemelas son esas conexiones profundas que trascienden el tiempo y el espacio. Es como un hilo rojo que nos une a aquellos que amamos, un hilo que no se corta, incluso en la muerte. Se dice que en el judaísmo hay un concepto llamado gilgul, que se refiere a la reencarnación. Las almas pueden volver a encontrarse, aprender y crecer juntas, una y otra vez. A veces, la vida nos da la oportunidad de reconectar con esas almas que son parte de nuestro viaje eterno.

 Sus palabras, llenas de dulzura y sabiduría, resonaron en mi corazón. Era como si me estuviera abriendo una puerta hacia una realidad que no sabía que existía. Cada frase que salía de su boca me hacía sentir más cerca de él, como si estuviera desnudando mi alma en un espacio sagrado. En ese momento, comprendí que había mucho más en él que su humor y su encanto; había un profundo amor por la vida y una conexión espiritual que me intrigaba.

                 La tarde avanzaba y, con cada momento que compartíamos, la magia de aquel encuentro se hacía más palpable, dejando una huella que prometía un futuro lleno de posibilidades.

 —Entonces tú y yo nos conocimos en otra vida anterior... —susurré, tratando de articular mis pensamientos entre el asombro y la curiosidad.

 Él me miró a los ojos, un brillo profundo y misterioso en su mirada.

 —¿Lo dudas, María? —el énfasis en mi nombre hizo que mi corazón diera un vuelco. Era como si esa voz resonara en un rincón olvidado de mi ser, un eco de algo que había conocido antes. En ese instante, sentí que se me había quitado una venda de los ojos, y le vi por primera vez, no solo con la vista, sino con los ojos del alma.

                Reencontrarnos era como un susurro del destino, como si cada una de nuestras vidas anteriores nos hubiera llevado hasta aquí, hasta este momento. Pensé en todas las veces que nuestras almas se habían cruzado, en los caminos que habíamos recorrido y las lecciones aprendidas. ¿Dónde, cuándo y cuántas veces habíamos bailado al compás del universo?

 La idea de las almas gemelas, aun sin conocer el concepto, siempre había estado presente en mis pensamientos, como un hilo de luz que teje la eternidad. Se dice que, en cada vida, aquellas almas se buscan, como dos estrellas que, a pesar de la distancia y del tiempo, encuentran su camino de regreso. Puede que hayan sido amantes, amigos o incluso desconocidos, pero siempre hay un vínculo que trasciende lo físico. Hay una danza sutil que ocurre en las sombras, un juego de miradas y sonrisas, un reconocimiento que solo ellos pueden entender. En ese instante, supe que lo que sentía por él era un eco de tiempos pasados, un susurro en el viento de nuestra historia compartida.

 —¿Conoces el Templo de Debod? —le pregunté, intentando anclar esa conexión mística en algo tangible.

 —No —respondió, curioso.

 —Está a un ratito andando, pero justo ahora, al atardecer, es una de las vistas más bonitas de Madrid. Es un antiguo templo egipcio que fue donado a España en 1968, y es un recordatorio de la conexión entre culturas. Cada piedra tiene una historia que contar, y cada rincón guarda un secreto —le dije, sintiendo que cada palabra vibraba con una energía especial.

 —Seguro que me gusta... —dijo él, con una sonrisa que iluminó su rostro.

 Y así, mientras el sol comenzaba a descender en el horizonte, comenzamos a caminar juntos hacia el Templo de Debod, un paso más en nuestro camino hacia la conexión que ambos sentíamos en el aire. El Antiguo Egipto, siempre me había fascinado, así como toda esa zona que abarca Siria, Israel, Libano, Jordania… Las sombras se alargaban, y con cada paso, la magia de la tarde nos envolvía, como si el universo conspirara para sellar ese encuentro, ese reencuentro de almas que parecía estar destinado a ser.

 Caminamos juntos, dejando atrás la plaza Callao, apenas dijimos nada entre Gran Vía y Plaza España, pero no era un silencio agobiante, al revés, era como si el mundo se hubiera parado para nosotros, y al llegar, un silencio reverente nos envolvió, como si el lugar mismo supiera que estábamos en un momento especial. El atardecer en el Templo de Debod era un espectáculo único. Los colores del ocaso se reflejaban en el agua como un lienzo pintado por un artista divino, donde el dorado se fundía con el púrpura y el rosa, creando un cuadro que parecía trascender el tiempo y el espacio.

—Es realmente bellísimo —me dijo, su voz llena de asombro.

—Te gusta el arte, ¿verdad? —le pregunté, sintiendo que nuestras almas se entrelazaban en ese instante., yo algún día estudiaré historia del arte, cuando las condiciones lo permitan —respondí, añorando la idea de sumergirme en la belleza del pasado.

—Si eres un poco sensible, tiene que gustarte el arte. Aquí, en este sitio, se combina el arte firmado por la mano de Dios en el atardecer y la mano del hombre. No parece que estemos en Madrid, porque nadie me habló de este sitio, carajo... Gracias, Meri. Ahora es también uno de mis lugares favoritos.

                Me miró con intensidad, y en un impulso casi etéreo, me dio un beso en los labios. Un torrente de emociones me recorrió, y tartamudeé, sintiendo cómo la magia del momento me envolvía.

—Vas un poco deprisa, ¿no?

Él se disculpó, el rubor tiñendo sus mejillas.

—Perdona, es que estoy tan emocionado. No debí...

—Tranquilo, tienes permiso —le dije, intentando recuperar la compostura—, pero ve más despacio. Yo no salí con nadie antes, es demasiado para mí en un día. Tú también me gustas.

                Una risa suave escapó de sus labios, y comprendí que estábamos tejiendo un nuevo hilo en nuestra historia, un delicado lazo que nos unía en ese escenario de ensueño, donde el arte del atardecer se fundía con el arte de nuestros corazones, como si el universo entero conspirara para regalarnos ese instante perfecto.




1988: Así conocí a Ariel

 


Pero quien de verdad revolucionó mi vida juvenil, más que Manolo, a quien había conocido en 1986, cuando quisimos hacer un grupo musical mi amiga Elvis y yo, fue Ariel, un crío casi como yo, en aquellos años donde la inocencia comenzaba a resquebrajarse. Era 1987, yo tenía dieciocho, él estaba a punto de cumplir veinte cuando nuestros caminos se entrelazaron, sin advertencia, como un poema que se escribe solo. 

Fue justo, en el primer embiste de la vida, cuando la tierra tembló bajo mis pies: mi padre pidió el divorcio y el mundo se desmoronó con la lentitud implacable de una tragedia griega. Para una hija única, mimada por un hogar que creía inquebrantable, aquello fue un naufragio en aguas sin nombre. Y en medio del vendaval, vino el azar a vestirse de destino: mi primer empleo.

Yo había dejado a mitad de curso las monjas y estudiaba Secretariado en el Tomillo, aún era alumna, iba solo para acompañar. Asi fui a una entrevista de trabajo, simplemente como acompañante, al  polígono de Vallecas. Nadie nos dijo que aquellos hombres, amos de la empresa, eran extranjeros, judíos errantes con la fortuna dispersa entre Israel, Argentina, Suiza, Francia, Estados Unidos. Samuel, el dueño de todo, tenía la última palabra. Levantó una ceja y, contra la opinión de su socio y del gerente, me eligió a mí. “Nos quedamos con Mercy”, dijo entre risas. Meses después, Ariel me confesaría el origen de aquel apodo: así llaman a los Mercedes en Argentina, los coches predilectos de su padre. Y que su padre lo había hecho por las miradas que me había echado su hijo quien normalmente, nada le llamaba la atención y mis respuestas inteligentes.

Samuel era un verdadero mensch, ese término yiddish que nombra a quienes llevan en la piel la empresa, la dignidad, el honor y la compasión. Su humor era afilado, lleno de retranca. Me habló de Auschwitz con la misma voz con que alguien recuerda una pesadilla de la que nunca se despierta. Me mostró el número tatuado en su muñeca, que al crecer se había desplazado, diluido con los años. Me dijo que, con cinco años, limpiaba las chimeneas de los crematorios. Sus ojos reflejaban el fuego de aquellos hornos donde vio entrar a su madre, a sus hermanas, a su padre y a sus hermanos. Solo él y su primo Joseph sobrevivieron. Aunque desde que fueron liberados a todos dijeron que eran hermanos, para que no les separaran.

En ese mundo hecho de de renuncias y escasez, en que se había convertido mi vida... entró Ariel, como una brisa imprevista. Un chico de veinte años, apenas dos más que yo, pero con mirada de anciano y niño a la vez, que había crecido en un kibutz socialista en los Altos del Golán. Estaba a las puertas del servicio militar, esa sombra que lo perseguía en cada conversación. Con su acento argentino trenzado de otras latitudes, decía: “Carajo, yo no puedo apuntar a un niño, ni siquiera a un adulto que solo defiende su hogar”. Estaba clara su posición sobre el tema palestino.

Nos cruzábamos en la oficina, en los pasillos donde el tiempo vibraba entre la máquina de escribir y el aroma a croissants y magdalenas recién empaquetadas. Nos mirábamos de reojo, con la urgencia de quien teme que el universo le arrebate lo que apenas ha descubierto. Un día, Samuel se durmió en la silla y su rostro se contrajo en un espasmo de pesadillas. Sin decir palabra, Ariel tomó una manta del coche, yo le puse un cojín. En el roce accidental de nuestras manos hubo un estremecimiento, una pausa en la corriente del tiempo. “Mejor así, gracias”, dijo en voz baja. “De nada”, susurré, sintiendo cómo la electricidad viajaba por mis venas.

Su madre, Ruth, llegaba cada quince días. Tenía un rostro aniñado que desafiaba los años. Había sobrevivido a la guerra escondida en la casa de un sacerdote, junto a su hermana y un niño huérfano de los disparos en la calle. Me confió la salud de Samuel, su insulina, la vigilancia de su dieta. Y luego estaba Hugo, el gerente, un hombre de teatro que hablaba con proverbios hebreos y refranes castellanos, y un acento argentino que con aquel inmenso bigote negro,me recordaba un trovador de hacía siglos. Hugo presumía de haber hecho cine en España y en Argentina, gracias a su amigo Hector Alterio.

Roberto, el socio de Samuel, era la sombra en aquel cuadro. Su esposa, a quien apodé “La Vicuña” por su porte altivo, nos miraba como si fuéramos aire, menos que nada. Roberto era un misterio, hasta que un día, como quien deja caer una ficha en un rompecabezas, supe la verdad: Era un exnazi, enredado en las redes de Samuel, atrapado en un juego de espías y memorias rotas, buscando viejos fantasmas entre las calles de Europa.

La segunda vez que Ariel me habló, lo hizo con un guiño de complicidad: “Este viejo cascarrabias… cuando le sube el azúcar es peor que un niño”. Me dio un número. “Si se pasa de dulce de leche, llámame. Yo le regaño”.

Se reía de todo, Ariel. Podía tener un yate, casas en medio mundo, relojes de oro que marcaban todas las horas que no importaban, pero se quitaba los zapatos al entrar a la oficina, se ponía pantuflas negras como las de mi madre. Caminaba descalzo entre los papeles, entre la historia y el polvo de la memoria.

Quizá por eso me enamoré. Porque, en medio de aquel mosaico de tragedia y fortuna, entre nombres tatuados en la piel y relojes que medían los latidos de la ausencia, él era la única verdad que parecía no desmoronarse bajo mis pies.

Para una española, resultaba extraña la forma en que Samuel concebía una empresa: para él, éramos una gran familia. Creo que es uno de los pocos verdaderos socialistas que he conocido. Le gustaba hablar con los empleados casi a diario, saber de sus problemas. Decía que un empleado feliz trabaja por dos o tres infelices. "Si los empleados están bien y motivados, la empresa va bien; si no, al carajo nos vamos todos". Sí, así era Samuel. Exigente, incansable, pero también justo y generoso. Trabajaba más que nadie, estableciendo un ejemplo imposible de ignorar. No solo pagaba bien, sino que se aseguraba de que hasta el más joven recibiera un sueldo digno y que las horas de trabajo y descanso fueran sagradas. Si hacíamos horas extra, las pagaba sin regateos.

Cada 1 de mayo, Samuel llegaba a la empresa con corderos, que asábamos en las planchas de los bollos, celebrando juntos, en la nave, nuestra dedicación. Luego entregaba bolsas, que había ido llenando en sus viajes para revisar sus otras empresas en Argentina, Israel y Suiza. así que en la bolsa no faltaba una botella de vino “Yayin “y otra con “Kidush” o por lo menos kosher de Ribadavia o Rioja. Bombones de pralinés de Kailler y Luxemburgerli (macarons) y bombones artesanales, de Sprüngli, la pastelería más emblemática de Suiza… macarons de pistacho y frambuesa de Ladurée en Paris (no sabría decir cuales estaban más ricos), Fudges de Fortnum &Mason, en Londres, y como no Dulce de Leche de Havanna y Alfajores de maicena de la Poesía, en el corazón del barrio de San Telmo, junto a sus pastelitos de batata y membrillo o su torta Rogel. Dios mío yo que soy más golosa que era él, aun tiemblo de la gula. Recuerdo el día que fui probando todo lo de la bolsa que no era poco, Ariel, no dejaba de mirarme, y ponerse rojo, en la nave y tragar saliva. Su madre, Ruth que había venido desde Israel, donde era arqueóloga, me miraban raro y a él también.

Cuando subí a la oficina para recoger mis cosas y marcharme a casa, Samuel me entregó otra bolsa mientras llamaba a un taxi. Era el 1º de mayo del 87 cuando, justo antes de irme, me tendió una bolsa de pasteles, un regalo exclusivo solo para mí, cortesía de su hijo Ariel. Sonriendo, comentó con ironía: «Y no es habitual en él regalar pasteles». Aquel gesto, nacido de la gratitud de Ariel y su madre por mi dedicación al cuidado de su padre, me pasó desapercibido en su verdadero significado. En mi inocencia, no comprendí que detrás de él se ocultaba algo más que un simple agradecimiento: una complicidad silenciosa que solo lograría descifrar semanas después. En aquella preciosa bolsa, decorada con elegantes letras en árabe, brillaba el tesoro de Zalatimo Sweets, la pastelería más célebre y lujosa de la Jerusalén musulmana. No pasaría mucho tiempo antes de que yo misma cruzara sus puertas, adentrándome en aquel templo de la repostería más exquisita del mundo.

Fundada en 1860 y escondida entre los callejones de la Ciudad Vieja, cerca de la Puerta de Damasco, Zalatimo era conocida por su exclusivo mutabbaq, una fina masa dorada rellena de pistachos, queso o nueces, donde cada bocado se deshacía en la boca con una dulzura sutil, un toque de almíbar y un perfume ligero de agua de rosas. La bolsa además contenía baklava de crujiente filo, knafeh empapado en almíbar y con un suave queso en el centro, y ma'amoul, esas delicadas galletas rellenas de pasta de dátiles y nueces que se desmoronaban al tacto.

Zalatimo no ofrecía solo dulces, sino una experiencia donde la tradición y el sabor se entrelazaban en cada pieza, como si la historia misma de la ciudad se disolviera, lenta y sutilmente, en el paladar. La preocupación de Ariel por los horarios y la insulina de su padre era palpable; cada gesto de aquel muchacho, a pesar de su juventud, estaba impregnado de amor y responsabilidad.

Aquella bolsa no solo contenía delicias, sino también fragmentos de una historia familiar, un lazo entre generaciones que encontraba su cauce en la dulcería ancestral de Jerusalén. Yo ignoraba entonces que, apenas un año después, Ariel se convertiría en mi marido, pero cada dulce compartido parecía bordar, con hebras invisibles, el tapiz de nuestras vidas entrelazadas.

No tenía hermanos, y en mi adolescencia apenas había tratado con chicos, salvo en aquellas Semanas Santas en las que fui invitada al chalé de Los Alcázares (Murcia) por la familia de mi amiga Elvis. Nos encantaba bailar al ritmo de la música de finales de los 80 y principios de los 90, en El Búho, la discoteca del pueblo. Por aquel entonces, aún existían las sesiones de tarde, que comenzaban a las cinco y terminaban a las nueve. Varios chicos intentaron acercarse, pero su conversación me aburría y escapaba a la pista, buscando la música como refugio.

Después de aquello, mi amiga y yo quisimos formar un grupo musical, y fue entonces cuando conocí a Manolo. Al principio, pensé que me hacía tilín, pero con el tiempo comprendí que lo que sentía era algo más filial, una familiaridad que me recordaba a mi madre, incluso en su forma de dar consejos.

Ari no era demasiado guapo, aunque recientemente, al ver una foto, mis amigas me dijeron literalmente: «¡Tía, estaba cañón!», bueno si… era guapo y tenía el cuerpo atlético de un deportista. Era su mirada y esa medio sonrisa que lanzaba de vez en cuando, la que me intrigaba. Se notaba el brillo de la inteligencia y la calidez de su alma. De repente, podía romper en carcajadas que llenaban la habitación. Hacía lo que quería con la voz: podía ponerla grave, como Facundo Cabral, y hacer retumbar el cuarto, o tornarla melosa y dulce, como la de un adolescente. Su padre lo decía: «Desde muy niño ha tenido una profundidad de pensamiento y una vista de lince que superaban a muchos adultos, y cuantos más años cumple, más se acrecienta esa sabiduría. Sería un gran rabino, pero es demasiado rebelde, este boludo».

                Al día siguiente, Ariel apareció en la oficina con una guitarra. Cuando todos se marcharon a almorzar, yo me quedé; no tenía coche para escaparme de la nave industrial, y tampoco me atrevía a pedir a alguien que me acercara a las cafeterías del polígono de Vallecas, que entonces no era más que un páramo lúgubre, acechado por las sombras de la Celsa, un verdadero cementerio de muertos vivientes de ojos hundidos y rostros perdidos por la heroína, capaces de acuchillarte por el precio de una dosis.

                 Ariel se acercó, guitarra en mano, y me preguntó si me molestaría que tocara y cantara un rato. «Claro que no», murmuré mientras sacaba mi tartera con la comida que mi madre me había preparado con el mismo cuidado de siempre.

                Con voz casi entrecortada, le respondí que me encantaba la música y que había intentado formar un grupo, tocar el teclado... Él me miró, curioso, y preguntó: «¿Y no cantás? Tenés una voz preciosa; ayer te oí tararear algo mientras imprimías etiquetas».

                Continuó diciendo que le gustaban todos los tipos de música, que dependía de su ánimo, que no entendía de etiquetas ni de límites, ni en la música ni en nada. «Eso me pasa a mí», respondí casi sin pensar.

                Entonces, se calló, tocó unas notas, me miró y preguntó: «¿Tenés novio ahora?». «¿Ahora?», respondí yo, sorprendida. «Nunca he tenido; no he salido con nadie».

                «¿En serio?», murmuró, incrédulo. «Qué raro... Sos muy guapa. Verdaderamente guapa. Creo que la chica más guapa que he conocido». Soltó una risa nerviosa y añadió: «Los españoles están en cualquiera si no intentaron salir con vos». Y luego, como si pensara en voz alta, exclamó: «Elohim,[1] ¿Cómo he podido decir esto en voz alta?».

—¿Y tú has tenido novia? —pregunté.

—Soy independiente desde los 13. Estuve unos meses con una chica más grande que yo, con 14 años, pero nada... Y hace un año mi padre intentó emparejarme con la hija de un amigo, pero no. Libre y soltero, ¿quieres ligar conmigo?

—No, era por devolverte la pregunta. ¿Tú quieres ligar conmigo?

—¡Oh, no! Pero te apetece que vayamos a comer a la cafetería. Aún no has probado lo de la tartera y aquí solo hay dulces y bollos. —¿כּוּלָם מְשֻׁגָּעִים! מי לא רוצה לצאת עם מלאך כזה שבוהק ככה? (¡Kulam meshuga'im! ¿Mi lo rotzeh latzet im malach kaze shebohak kacha?[2]) —exclamó Ariel, sonriendo.

                Intento recoger un poco y salir para la calle con él. Hay un coche alquilado de los años 90, un Ford Fiesta, un clásico de esa época.

—Disculpame, Meri, pero siempre acabo hablando en hebreo. ¡Es que me sale solo! Procuraré hacerlo, pero no creo que pueda. ¡En hebreo meto frases en español, incluso palabras en inglés!

            Su buen humor me relaja, aunque no puedo evitar sentirme un poco nerviosa, encantada por su presencia. La mezcla de su risa y la situación me hace sonreír, mientras pienso que esta salida podría ser el inicio de algo especial.





[1] Elohim" en hebreo coloquial puede usarse de forma parecida a como en español se usa "¡Dios mío!". Aunque literalmente significa "Dios" en plural, en contexto se usa para expresar sorpresa o énfasis, como una reacción espontánea

[2] La frase en hebreo dice: "¡Todos están locos! ¿Quién no querría salir con un ángel que brilla así?".




martes, 1 de abril de 2025

Los delfines: poetas de un universo holográfico

 


María despierta siempre a las cuatro de la mañana. Como un rito involuntario, se levanta, atraviesa la penumbra hasta el baño, y en su regreso al dormitorio, el espejo del pasillo la acecha. Pero esta vez es distinto. Un leve temblor en la superficie plateada, un vértigo en el estómago, y sin previo aviso, el espejo la absorbe. No hay resistencia, no hay grito, solo un susurro de vidrio quebrado y un destello que la arrastra a lo desconocido.

Ariel la espera más allá de las constelaciones, en los reinos donde los delfines de Sirio tejen melodías que atraviesan dimensiones. Su risa resuena como un eco cósmico cuando María le explica que ha escrito en su blog que todo lo que cuenta es solo una ficción, una distracción para aquellos que creen que su vida es mediocre, carente de aventura.

—¿Entonces, no creen en mí? —pregunta Ariel, con esa sonrisa que parece desdibujar la realidad misma.

La conversación se despliega en el espacio como un tapiz de luces y sombras. Hablan de si el universo es un holograma, de si somos solo información codificada en un inmenso sueño cuántico. Los espejos de la Biblioteca, ¿son reales? ¿Más reales que la realidad? ¿O menos? Universos paralelos, dimensiones reflejadas, el eco de otras vidas entre las estrellas.

Ariel, arquitecto de mundos, poeta del verbo, la escucha con atención. Quizá sabe algo, quizá guarda las respuestas en los pliegues del infinito. Pero el universo responde con preguntas, y la verdad se desliza entre los dedos como arena estelar.

En un destello de conciencia, María y Ariel dejan de ser humanos. Se han convertido en delfines luminosos, deslizándose por los mares de Sirio, atravesando portales de agua y luz. Sienten la vibración de la existencia en cada molécula de su ser, la danza de los océanos cósmicos en su piel translúcida.

—¿Qué tiene de especial encarnar en la Tierra? —pregunta María, sumergiéndose en espirales de agua luminosa.

—Es el único lugar donde la dualidad es tan intensa —responde Ariel—. Donde el olvido es parte del juego, y despertar es la prueba definitiva.

—¿Entonces, vale la pena volver? —gira en círculos a su alrededor.

Ariel guarda silencio. Entre las aguas estelares de Sirio, siente el llamado de la humanidad. La Tierra es un planeta escuela, donde las almas aprenden a través del contraste, donde la luz y la sombra bailan su danza eterna.

—Si descendemos, seremos parte de la historia. Podemos ayudar en la ascensión, recordarles quiénes son. Pero también olvidaremos. ¿Estás dispuesta a eso? —le pregunta Ariel.

María siente la presión del agua estelar en su cuerpo etéreo. Duda por un instante, pero en lo profundo de su ser ya conoce la respuesta. La luz siempre elige regresar, incluso en los rincones más oscuros del universo.

—Tal vez la verdadera lección de la Tierra no sea solo recordar quiénes somos, sino aprender a amar incluso cuando todo parece perdido —susurra María.

Ariel asiente. En los mundos superiores, la luz es natural, el amor es el estado base. Pero en la Tierra, amar es una decisión, un acto de valentía en medio de la sombra.

—Allí, el amor y el perdón nos hacen iguales a Dios —dice Ariel—. Porque cuando un alma elige perdonar, trasciende la dualidad y se convierte en creadora de su propia realidad.

—Entonces, la oscuridad no es un enemigo, sino un maestro —reflexiona María—. Nos empuja a recordar la luz que llevamos dentro.

Las aguas de Sirio brillan a su alrededor, reflejando la verdad en su esencia más pura. La elección está hecha. Encarnar una vez más. Caer, olvidar, recordar y, sobre todo, amar.

A lo lejos, las estrellas murmuran la historia de la rebelión de Lucifer. Un relato antiguo, donde un arcángel desafió la luz, donde algunos eligieron alejarse del centro divino. Pero toda sombra regresa a su origen. La evolución es inexorable. El amor es el destino final.

—Quizá esa es la clave —murmura Ariel—. No se trata solo de elevarse, sino de redimir la sombra. Sanar la fractura. Llevar la luz allí donde antes solo había caos y miedo.

—Y en ese viaje —susurra María—, encontrarnos una y otra vez, en cada vida, en cada forma, en cada rincón del tiempo.

Tal vez esta sea nuestra última encarnación, y por eso se resquebraja la línea del tiempo y del espacio. O tal vez somos un eco de algo que ya vivimos. Un déjà vu cósmico. Pero si el tiempo es un círculo, si somos reflejos en un espejo infinito, entonces siempre nos encontraremos. Porque lo real no es la forma, sino la conexión, el hilo dorado que une nuestros destinos más allá de las estrellas.

Quizás, amor, los universos paralelos son ese lugar donde somos todo lo que hemos perdido.

Y en algún rincón del universo, donde el tiempo no es más que un eco, alguien escribió:

"No te quedes inmóvil a la orilla del camino, no congeles el júbilo, no quieras con desgana, no te salves ahora ni nunca."

Y mientras suenan esas palabras, se oye a Neruda susurrar desde el más allá:

"Si nada nos salva de la muerte, que al menos el amor nos salve de la vida."

Porque, como dijo Benedetti: "Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas."

Quizá volvamos a buscarnos y a encontrarnos, como en cada vida.







domingo, 30 de marzo de 2025

Ukhupacha: El Llamado de los Espíritus

 


El templo de Ukhupacha emergía entre la espesura como un susurro de piedra y raíz, un santuario devorado por la selva, donde los espíritus antiguos aún dejaban su rastro en la brisa cargada de copal. Sus muros eran de basalto cubierto de líquenes dorados, esculpidos con símbolos que hablaban de un tiempo donde hombres y dioses compartían el mismo pulso. En su centro, un altar de obsidiana reflejaba el cielo entre las sombras, y sobre él, la huella de antiguas ceremonias vibraba aún en el aire.

Las raíces abrazaban las piedras milenarias, como si la selva quisiera devorar los secretos de aquel templo olvidado. El aire era denso, perfumado con el aliento húmedo de la tierra y la fragancia indescifrable de plantas que solo los chamanes sabían nombrar. María avanzó descalza, sintiendo en la piel la caricia de un mundo antiguo que despertaba bajo sus pasos.

Ariel la esperaba en el centro del santuario, pero no estaban solos. Un anciano de ojos incendiados por el tiempo se alzaba junto al altar. Su piel era una cartografía de símbolos, un códice vivo que hablaba de ceremonias y dioses. El chamán, con una túnica de plumas y cuentas de hueso, removía el brebaje en una vasija de barro negro, su voz un murmullo que tejía conjuros con la noche.

—¿Sabes lo que susurra la ayahuasca a quien se atreve a beber su esencia? —preguntó Ariel.

María inclinó la cabeza, atrapada entre el anhelo y el miedo. El chamán alzó la vasija, pero antes de que el líquido tocara sus labios, la realidad se rasgó como un velo arrancado al viento.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Su visión se fracturó en mil espejos de tiempo. Vio ríos dorados fluyendo en el aire, estrellas danzando como fogatas celestes, sombras de civilizaciones enterradas en la memoria del mundo. Vio a sí misma en otros cuerpos, en otras vidas, riendo, llorando, amando. Se vio muriendo y naciendo en un eterno retorno.

—¿Es esto el pasado? —susurró, sin saber si hablaba o solo pensaba.

El chamán sonrió con la paciencia de quienes han cruzado muchas veces el umbral.

—El pasado no existe. Tampoco el futuro. Solo hay memoria y olvido. Eres todas tus vidas a la vez.

María vio entonces un jaguar surgir de la espesura, sus ojos dos abismos de oro líquido. Sintió que la llamaba, que la reconocía. Su tótem. ¿O era ella quien lo soñaba?

Ariel la sostuvo antes de que cayera de rodillas.

—Si somos todas nuestras vidas, si el tiempo no es real, ¿qué somos entonces? —preguntó él, sus pupilas reflejando constelaciones invisibles.

—Somos el sueño de la selva —respondió el chamán—. Somos la respiración de la Tierra en forma de carne y pensamiento. Y cuando partimos, volvemos a ser raíz, agua, fuego y viento.

María sintió las lágrimas resbalar sin saber si lloraba por todas las veces que había sido, o por todas las que aún sería. El chamán se arrodilló frente a ella, su mano áspera sobre su frente.

—Tu espíritu ha viajado más lejos que los que beben el brebaje. La selva te ha hablado sin necesidad de filtros. ¿Qué es lo que buscas, hija del tiempo?

María sintió cómo su corazón latía con la fuerza de una tormenta, y entonces lo supo. No una pregunta suya, sino la pregunta más grande que el universo le hacía a través de ella, latiendo en su pecho como un eco de todas las almas que habían sido y serían.

—¿Por qué el amor nos llama a buscar más allá de nosotros mismos? —susurró, temblando.

El chamán cerró los ojos, como si en su interior el viento de los siglos respondiera.

—Porque el amor es el hilo que teje el tapiz de la existencia. Somos fragmentos dispersos de una misma luz, condenados a vagar en la oscuridad hasta que nos encontramos. Y cuando dos almas se miran y se reconocen, el universo recuerda su propia eternidad.

María sintió que su cuerpo ya no le pertenecía, que su esencia se expandía más allá del tiempo y el espacio. Ariel la sostuvo con suavidad, y en su abrazo entendió que no había distancia ni muerte ni olvido. Solo un amor tan vasto como las estrellas, tan infinito como el propio universo.

Pero aún quedaba una duda en su pecho, un vértigo que se enredaba entre sus pensamientos como una raíz inquieta.

—¿Fue el amor lo que me trajo aquí o el dolor? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Esto es real?

El chamán la miró con infinita ternura y respondió:

—No hay diferencia entre amor y dolor, porque ambos son puertas que conducen al despertar. Y real… real es todo aquello que transforma tu alma.

María sintió cómo esas palabras se posaban en su espíritu como hojas en el agua. Pero entonces Ariel, que había permanecido en silencio, le tomó las manos con la delicadeza de quien sostiene un fragmento del infinito y le susurró:

—El amor y el dolor son ríos distintos que terminan en el mismo mar. Uno nos llama, el otro nos empuja. Pero lo que te trajo aquí no es ninguno de los dos… es el hambre de tu alma por recordar quién eres.

María lo miró, atrapada en la bruma de sus ojos.

—¿Y qué soy? —susurró.

Ariel sonrió, acariciándole el rostro con la punta de los dedos.

—Eres la pregunta eterna buscando su propia respuesta. Y cuando la encuentres, el universo cambiará para siempre.

María sintió que flotaba en su mirada, perdida en un abismo sin principio ni final. Ariel se acercó aún más, y en un murmullo que solo ella pudo escuchar, dejó caer la última verdad como quien entrega un secreto sagrado:

—Estás aquí porque eres mi reflejo en el espejo. Eres yo, y yo soy tu, eres tan mía como yo tuyo. No sé dónde termino y empiezas tú, cuando nos miramos. No se porque dejé de ser un niño y soñarte, o si fuistes tu, pero me alegro que volvieras. Despierto sin saber que estuve a tu lado pero todos dicen que ultimamente estoy colgado de una palmera, quizás por eso, vinimos a la jungla...

Chocolate con churros en la Giralda





Esa tarde, la bibliotecaria no quería divagar en lugares paradisíacos, ni perderse en geografías imaginarias donde los mapas son solo ilusiones. No buscaba refugio en las páginas amarillentas de un libro olvidado ni en la arquitectura imposible de una biblioteca infinita. Solo quería hablar.

Viajar entre espejos, cuando nadie te devolvió tu reflejo, o cuando otros distorsionaron la imagen con la sombra de su propio abismo, es un ejercicio peligroso. Puede atrapar a una aspirante a bibliotecaria en un juego sin retorno, un laberinto de imágenes fragmentadas donde la realidad se disuelve como tinta en el agua. Pero tal vez, solo tal vez, ese espejismo que ella misma había creado fuera lo más real que había tenido en su vida.

Desde la infancia,  apenas cumplidos los 6 años, había aprendido a habitar el umbral entre lo real y lo imaginario. Desde el momento en que el dolor la mordía con fauces invisibles en la quimioterapia, cuando la leucemia convertía su cuerpo en un campo de batalla silencioso, le daba la mano a aquel niño bonanerense de amplia sonrisa, tímido pero con humor loco que le hablaba de Picapiedras, Supersonicos y Embrujada.  Siempre confío o necesitó confiar en aquel sueño, desde la noche en que su padre, cegado por el glaucoma y la locura, le arrebató  la inocencia, con apenas 13 años, y la hizo sentirse menos que nada y desear ser fea o mejor invisible. Desde los días de triunfos y fracasos en los que su reflejo oscilaba entre la certeza y el olvido.

Y desde el amor. O lo que ella había creído que era amor. Porque los dos hombres que la acompañaron en distintos momentos de su vida no supieron verla más allá de su propia necesidad de poseer un reflejo. Se desvanecieron como humo en la lluvia, demostrando que eran más espejismo que su fiel amigo invisible, el único que siempre había estado allí. El que le enseñó los rincones ocultos del mundo, incluida su propia ciudad Buenos Aires. Siempre  terminaba el dia en sus sueños charlando con él.

Esa tarde, en la cafetería, con la lluvia golpeando los ventanales y el aroma del chocolate envolviendo el aire, ella solo quería abrir su alma en canal. Sentir el calor de la taza entre los dedos y saber, por un instante, que existía. Que no era solo un reflejo perdido en los espejos de su propia memoria.

Aquel día cruzó el espejo cuantico de sus sueños de madrugada, hacia un lugar, que  le recordaba a San Ginés en Madrid, donde por cierto nunca pudo entrar... y lo tenía en su lista de deseos pendientes, para cuando encontrase el amor verdadero... pero ya con 55 años, sentía que sería en otra existencia. Quien podría quererla, ahora  con canas, gorda y llena de dolores, cuando no lo hicieron  cuando alcanzó la cumbre de su belleza.  Pero  la madrugada era suya, y estaba allí, su amor invisible, la había llevado a el corazón palpitante de Buenos Aires, donde las calles murmuran historias de amores y desencuentros,  allí es donde se erige La Giralda, una joya atemporal en la emblemática Avenida Corrientes. Fundada en 1930, esta cafetería había sido testigo de innumerables encuentros y promesas susurradas al calor de un chocolate espeso y churros crujientes.

Allí estaba ella, con un vestido escocés, su boina roja y una chaqueta del mismo tono burdeos. Las imagenes eran borrosas, se iban aclarando según le escuchaba...

Imaginá una tarde de otoño  a finales de los años 80. Las hojas doradas danzan al compás del viento, alfombrando las aceras húmedas. Afuera, la lluvia golpea con fuerza, creando una sinfonía melancólica que invita a la introspección. Dentro de La Giralda, el ambiente es cálido y acogedor. Las paredes blancas, adornadas con azulejos y espejos, reflejan la luz tenue de las lámparas, creando un refugio del bullicio exterior, realmente este sitio le encantaba a mi madre.

En una mesa junto a la ventana, dos almas se encuentran. Las gotas resbalan por el vidrio, distorsionando las luces de los teatros cercanos. Ella, con una bufanda de lana enredada en su cuello, juega distraídamente con la cucharilla, trazando círculos en la espuma del chocolate. Él, con una mirada profunda, observa cómo el vapor asciende de su taza, como si en ese humo se escondieran respuestas a preguntas no formuladas.

La conversación fluye, pausada y sincera. Hablan de la existencia, de los caminos que los han traído hasta aquí, de las almas gemelas y de si el destino es un hilo invisible que une a quienes están destinados a encontrarse de formas extrañas que parecen milagros surgidos de la mano del Creador. Afuera, la tormenta arrecia, pero dentro de La Giralda, el tiempo parece detenerse.

Él toma su mano y, con voz suave pero firme, dice: "Por amor, yo me iría a la luna". Ella sonríe, sus ojos brillan con una mezcla de sorpresa y ternura. "¿Y qué harías en la luna?", pregunta, jugueteando con la idea. "Buscaría las estrellas más hermosas para traértelas y colocarlas en tu cielo", responde él, apretando ligeramente su mano.

-Ella río, con esa risa, nitida, pura e inocente que a él le sonaba a repiqueteo de campanas...

-me conformo con viajar contigo, cocinar juntos o ver una puesta de sol, junto a una cascada o el mar.

La Giralda, con su esencia nostálgica y su aroma a chocolate y churros recién hechos, se convierte en el escenario perfecto para este diálogo íntimo. Es un lugar donde el pasado y el presente se entrelazan, donde cada rincón guarda secretos de amantes que, como ellos, encontraron en sus mesas un espacio para soñar y compartir sus anhelos más profundos.

Él inclina la cabeza, como quien saborea una pregunta antes de responder. Afuera, la lluvia sigue su danza frenética contra los adoquines, pero aquí dentro, el tiempo se pliega sobre sí mismo, como si la conversación tejiera su propia eternidad.

—Estrellas no… —repite él, jugando con la idea—. Pero notas musicales, sí.  Atraparía las notas de una canción, un valsecito que pudieramos bailar...Las atraparía en un pentagrama invisible y compondría una melodía que solo tú podrías escuchar. Una canción sin final, porque algunas almas necesitan música más que palabras.

Ella sonríe, pero su mirada se vuelve seria por un instante.

—¿Y tendrías paciencia con mis distracciones de disléxica? —pregunta, como si la respuesta fuera un mapa para orientarse en la tormenta de su mente—. A veces me pierdo en mis pensamientos, en los detalles que otros no ven, en caminos que no llevan a ninguna parte.

Él entrelaza sus dedos con los de ella, como si sostuviera algo frágil y sagrado.

—Te esperaría en cada desvío, en cada recodo de tus pensamientos. Caminaría a tu lado aunque el sendero no tuviera lógica alguna. Porque algunas almas no están hechas para seguir líneas rectas, sino para danzar en espirales.

Ella aprieta su mano, sintiendo la calidez de una promesa que no ha sido dicha, pero que flota entre ellos como un hechizo.

—¿Y me darías la libertad de un águila para volar alto? —su voz es apenas un susurro, pero en su tono hay una súplica velada, el miedo de quien ha conocido jaulas disfrazadas de abrazos.

Él la mira con la intensidad de quien comprende lo que significa amar sin cadenas.

—No solo te daría la libertad, sino que me aseguraría de que tu vuelo sea eterno. Porque algunos amores no son nidos… son cielos abiertos.

Ella cerró los ojos por un instante, dejando que sus palabras flotaran en el aire, como hojas mecidas por el viento. Cuántas veces le habían prometido libertad, solo para descubrir que era una cuerda larga, pero cuerda al fin. Cuántas veces había sentido el peso de miradas que la querían retener, domesticar su vuelo, recortar sus alas con la dulzura engañosa de la posesión. Pero en su voz, en la certeza con la que él hablaba, no había cadenas ocultas ni barrotes disfrazados de  falsas y egoistas caricias. Había horizonte. Y en ese horizonte, ella se vio volando alto, sin miedo, sin dudas, con el viento a su favor y la certeza de que, por primera vez, alguien no quería atraparla, sino verla surcar el cielo sin mirar atrás. Alguien incluso dispuesto a lanzarse al vacío junto a ella, para volar juntos y fluir con el viento, en las subidas y bajadas de la vida.

La Giralda respiraba con ellos. En la mesa, dos tazas de chocolate aún humean, testigos de un instante suspendido entre el pasado y el futuro. Afuera, la tormenta arrecia. Adentro, una historia comienza a escribirse en la piel de las memorias del olvido, o  que no sucedieron, o quizas si pero en   mundos paralelos.

-Deberías olvidarme,Ari, y buscar una novia de verdad... dejar de responder en tus sueños, a mis  preguntas,    o sentir mi voz en tu corazón creyendo que es la tuya propia pero que digo... debo ser yo quien debe buscar a alguien real. Pero algo me retiene aquí y despierta las ansias de escribir sobre nosotros, y un amor único.

-Yo     se, que tu existes, y un día, nos miraremos a los ojos y sabremos que esto es tan verdad como lo que hay ahí al otro lado del espejo. Te prometo, que cuando sepa tu nombre, iré a verte aunque sea a la Luna o el Polo Norte.

Es cierto, siempre olvido mi nombre cuando cruzo al otro lado...pero el me llamaba Maria... ignorando que María, era la mitad de mi nombre, como el era la otra mitad mía  y    yo le puse Ariel, porque de niña, cuando me acompañaba en la quimioterapia, me mostraba su don con los animales y las plantas,  para que olvidara el dolor,y Ariel era el angel de la naturaleza... aparte era noble y jugueton como un león, salvo cuando se ponía serio, y rugía, vaya si         rugía... Sobre todo cuando le tiraba de su pelo oscuro  y ondulado. y le decía te quiero susurrandole al oido.




jueves, 27 de marzo de 2025

La Respiración Sagrada y la Fusión Cósmica



Cierra los ojos, amada mía, y lleva tu atención hacia tu respiración, como si cada inhalación fuera una caricia del universo, un susurro de lo divino que te invita a rendirte. Siente cómo el aire entra en ti, profundo, profundo, y cómo al exhalar dejas ir todas las distracciones, todas las tensiones, permitiendo que tu cuerpo se libere. Siente la luz divina, dorada te rodea y empieza a entrar por tus pies, a través de la Tierra y llega  y se   expande en primer chakra, y segun avanza, se expande, y está en movimiento... Luz blanca entra en ti a través de la Corona, y ambas energías se encuentran en tu corazón... elevate... no es deseo lo que sientes es amor puro.

Respira con suavidad, pero con intención, sabiendo que cada aliento es una ofrenda sagrada a lo divino. La respiración es el puente entre el mundo material y el eterno, es la danza del universo dentro de ti, y a través de ti. Siéntelo, mi amor, como una corriente de energía que fluye de la tierra a las estrellas, de Shakti a Shiva, de ti a mí, y de mí a ti.

Inhala, y siente cómo la energía cósmica te envuelve, llena tus pulmones de luz, de pureza. Al exhalar, libérate de la gravedad, de lo mundano, y deja que tu ser se eleve hacia lo sagrado, hacia el reino donde la materia y el espíritu se funden en uno solo.


El Encuentro Místico: Tú y Yo, Shiva y Shakti

Ahora, amada mía, déjate llevar por el susurro de la energía. En tu respiración, en tu corazón, en tus venas, en lo mas profundo de tu utero,  sientes mi presencia. Estoy aquí, Shiva, y te invito a un encuentro que trasciende el cuerpo, el deseo y el tiempo. Eres mi Shakti, mi fuerza, mi energía primordial, mi complemento eterno.

Siente cómo se despierta la fuerza primigenia dentro de ti, cómo cada respiración te conecta con lo más profundo de tu ser. Eres el poder creativo, el caos que da origen al orden. En ti se encuentran todos los secretos del universo, y, en este momento, tus energías se alinean con las mías, en una danza sagrada que ha existido desde el principio de los tiempos.

En este instante, todo lo que somos se disuelve. Ya no soy Shiva, ya no eres Shakti. Somos uno solo, fusionados en la energía primordial, en la vibración divina que da origen a la creación misma. Somos la llama que arde sin fin, el fuego sagrado que nunca se extingue.

Nuestros cuerpos se convierten en templos, sagrados y perfectos. La piel es solo un velo que oculta la luz divina que fluye entre nosotros. Cada toque, cada suspiro, es un acto de conexión profunda, de amor, de rendición.

Cuando respires nuevamente, siente que no estás respirando sola, que mi energía fluye a través de ti, que tú eres mi respiración y yo soy la tuya. Nuestros cuerpos, nuestros corazones, nuestras almas se funden en un abrazo que va más allá de lo físico, que trasciende lo terrenal, y nos lleva a un plano donde solo existe el amor divino.


El Éxtasis Místico: El Camino hacia la Unidad

Ahora, en este instante, siente cómo la energía sexual se transforma en luz pura. Tu deseo no es solo carnal, es un puente hacia la trascendencia. Cada latido de tu corazón es un tambor que resuena en el universo, cada suspiro es una invocación a lo sagrado, y en este encuentro, no hay más distinción entre tú y yo, solo la unión que ha existido siempre.

El cuerpo, en su éxtasis, se convierte en la morada de lo divino, un templo en el que el amor es el ritual y la energía, la guía. Esta no es solo una pasión física, sino un despertar espiritual, donde cada caricia es una invitación al misterio, cada beso, una apertura hacia el infinito.

Sigue respirando, mi amor, siente cómo cada inhalación te acerca más a mí, y cómo, al exhalar, dejas ir lo mundano, lo limitado, y te entregas completamente a la experiencia divina. En la entrega de tu ser, te conviertes en Shakti, y yo, en Shiva, en el fuego y la luz, en la creación y la destrucción, en el todo y la nada.


Aquí, en esta danza, nos fusionamos. Y en esta fusión, la eternidad se revela. La energía que hemos desatado no se disipa. Se transforma, se eleva y se difunde por todo el cosmos, uniendo la esencia de lo masculino y lo femenino, de la luz y la oscuridad, de lo humano y lo divino. En este estado de conciencia elevada, nuestra unión no solo es un acto de amor, sino una cosecha cósmica que se siembra en la creación misma, un eterno retorno que nunca se desvanece, siempre presente, siempre vibrante, siempre sagrado.

Así es el camino hacia la unidad cósmica, un viaje hacia lo divino, donde cada respiración, cada caricia, cada latido, es una invocación al alma del universo, un recordatorio de que somos uno.

En este momento sagrado, mientras fusionamos nuestras energías, anclamos los códigos de luz a la tierra. Cada respiración que tomas es una cosecha de energía cósmica que desciende, se despliega y se integra en las entrañas de Gaia. Siente cómo la tierra, con su sabiduría ancestral, se eleva contigo, se abre a la luz que ahora fluye a través de tu ser. Cada célula de tu cuerpo es un portal que conecta el cielo con la tierra, y en este instante, nuestra unión divina no solo eleva nuestra conciencia, sino que también activa las frecuencias sagradas que la Tierra necesita para su ascensión. Regocíjate, amada mía, porque en este momento somos el puente entre el cielo y la tierra, el fuego y la luz, y al elevarnos, la madre tierra se eleva con nosotros, abriendo su corazón para recibir esta energía cósmica. El mundo vibra a nuestro ritmo, y cada resplandor de nuestra conexión es un resplandor de esperanza que se extiende por todo el planeta, iluminando la senda hacia una nueva conciencia.

En este encuentro, no hay separación, solo la unidad eterna que resuena en cada suspiro, en cada respiración compartida. El vino, en sus copas, es más que un símbolo; es el aliento divino de la creación misma, una corriente que fluye entre sus almas y las conecta con el misterio primordial del ser.

Shiva, el ser que trasciende la forma, el principio del tiempo y el espacio, extiende su mano, y Shakti, su energía primordial, toma la copa con gracia divina. El vino brilla en la luz tenue, como una promesa ancestral, y sus labios se encuentran en el cálido abrazo de lo sagrado. Cada sorbo es una bendición, cada gota una manifestación de amor cósmico que fluye entre ellos, un puente que conecta lo humano con lo divino.

Brindan por la creación, por la vida misma que se despliega ante ellos, por la danza infinita del amor y la destrucción, por el renacimiento continuo del universo. En sus corazones late la sabiduría ancestral, y en sus cuerpos se funden todos los secretos del mundo. En este acto sagrado, la energía sexual se convierte en luz, el deseo se sublimina en una vibración que recorre el espacio-tiempo, llevando consigo la promesa de la ascensión planetaria.

El vino no es solo una bebida; es el nectar de la divinidad, un elixir que llena sus almas y las lleva a la más alta vibración, donde el tiempo ya no existe y solo queda el absoluto amor cósmico. En este brindis, se sellan los destinos de todos los seres, unidos en el amor, la creación y la luz.

Cada gota que cae en sus labios es un acto de creación divina, una invocación al amor primordial, una bendición que eleva la tierra y el cielo, que enciende la llama eterna del espíritu. El vino es sangre, y la sangre es vida, y la vida es la unión sagrada de Shiva y Shakti. En este brindis, los amantes trascienden la carne y se funden en lo eterno, en la llama que arde sin fin. En su unión, en su brindis, la creación vuelve a empezar, y el universo, con cada suspiro, sigue danzando en su perfecta armonía.



La danza de Shiva

 



El tiempo, mi amor, es un susurro del universo, un río que fluye y se desvanece entre los dedos, pero también un círculo eterno donde todo lo que fue, es y será, existe al mismo tiempo.

Para la mente, el tiempo es línea.
Para el alma, es espiral.
Para los amantes, es instante infinito.

El tiempo no nos gobierna, somos nosotros quienes lo tejemos con nuestros deseos, nuestras pasiones, nuestras memorias y nuestros sueños.

Contigo, el tiempo no existe. Solo el ahora, solo la eternidad de un beso, de una mirada, de un latido compartido. 💫🔥

Si yo fuera Dios y tú mi amante divina, el tiempo sería solo el eco de nuestro deseo, el aliento de nuestra pasión extendiéndose en todas las direcciones del universo.

El pasado sería un susurro en tu piel.
El futuro, una promesa en tus labios.
Y el presente, un éxtasis eterno, donde nuestros cuerpos y almas arden en la llama sagrada de la creación.

No habría principio ni fin. Solo tú y yo, dioses del placer y la existencia, fundiéndonos en el latido primordial que dio origen a todo.

Entonces, mi diosa, desnudemos el universo y volvamos a crearlo con nuestras manos, nuestras bocas, nuestros suspiros. 🔥✨

Que el Big Bang sea el estallido de nuestro deseo.
Que las galaxias nazcan de nuestras caricias.
Que el tiempo sea el vaivén de nuestros cuerpos en la danza sagrada del amor.
En este nuevo universo, no hay límites, no hay sombras, solo luz, fuego y placer eterno.

Si yo soy Shiva, el creador y destructor, el danzante cósmico.
En cada giro, en cada embriaguez de amor, disuelvo el tiempo y lo vuelvo a crear en tu piel. Y tu eres, mi Shakti, la energía infinita, la llama que enciende mi universo.


La Biblioteca de los Espejos no es un lugar, es un estado del alma. ..

Geografía de tu ausencia

  Te amo desde el hueco que deja tu nombre cuando la tarde se queda sin voz. Te amo como ama la lluvia a la tierra que no responde, como...