María despierta siempre a las cuatro de la mañana. Como un rito involuntario, se levanta, atraviesa la penumbra hasta el baño, y en su regreso al dormitorio, el espejo del pasillo la acecha. Pero esta vez es distinto. Un leve temblor en la superficie plateada, un vértigo en el estómago, y sin previo aviso, el espejo la absorbe. No hay resistencia, no hay grito, solo un susurro de vidrio quebrado y un destello que la arrastra a lo desconocido.
Ariel la espera más allá de las constelaciones, en los reinos donde los delfines de Sirio tejen melodías que atraviesan dimensiones. Su risa resuena como un eco cósmico cuando María le explica que ha escrito en su blog que todo lo que cuenta es solo una ficción, una distracción para aquellos que creen que su vida es mediocre, carente de aventura.
—¿Entonces, no creen en mí? —pregunta Ariel, con esa sonrisa que parece desdibujar la realidad misma.
La conversación se despliega en el espacio como un tapiz de luces y sombras. Hablan de si el universo es un holograma, de si somos solo información codificada en un inmenso sueño cuántico. Los espejos de la Biblioteca, ¿son reales? ¿Más reales que la realidad? ¿O menos? Universos paralelos, dimensiones reflejadas, el eco de otras vidas entre las estrellas.
Ariel, arquitecto de mundos, poeta del verbo, la escucha con atención. Quizá sabe algo, quizá guarda las respuestas en los pliegues del infinito. Pero el universo responde con preguntas, y la verdad se desliza entre los dedos como arena estelar.
En un destello de conciencia, María y Ariel dejan de ser humanos. Se han convertido en delfines luminosos, deslizándose por los mares de Sirio, atravesando portales de agua y luz. Sienten la vibración de la existencia en cada molécula de su ser, la danza de los océanos cósmicos en su piel translúcida.
—¿Qué tiene de especial encarnar en la Tierra? —pregunta María, sumergiéndose en espirales de agua luminosa.
—Es el único lugar donde la dualidad es tan intensa —responde Ariel—. Donde el olvido es parte del juego, y despertar es la prueba definitiva.
—¿Entonces, vale la pena volver? —gira en círculos a su alrededor.
Ariel guarda silencio. Entre las aguas estelares de Sirio, siente el llamado de la humanidad. La Tierra es un planeta escuela, donde las almas aprenden a través del contraste, donde la luz y la sombra bailan su danza eterna.
—Si descendemos, seremos parte de la historia. Podemos ayudar en la ascensión, recordarles quiénes son. Pero también olvidaremos. ¿Estás dispuesta a eso? —le pregunta Ariel.
María siente la presión del agua estelar en su cuerpo etéreo. Duda por un instante, pero en lo profundo de su ser ya conoce la respuesta. La luz siempre elige regresar, incluso en los rincones más oscuros del universo.
—Tal vez la verdadera lección de la Tierra no sea solo recordar quiénes somos, sino aprender a amar incluso cuando todo parece perdido —susurra María.
Ariel asiente. En los mundos superiores, la luz es natural, el amor es el estado base. Pero en la Tierra, amar es una decisión, un acto de valentía en medio de la sombra.
—Allí, el amor y el perdón nos hacen iguales a Dios —dice Ariel—. Porque cuando un alma elige perdonar, trasciende la dualidad y se convierte en creadora de su propia realidad.
—Entonces, la oscuridad no es un enemigo, sino un maestro —reflexiona María—. Nos empuja a recordar la luz que llevamos dentro.
Las aguas de Sirio brillan a su alrededor, reflejando la verdad en su esencia más pura. La elección está hecha. Encarnar una vez más. Caer, olvidar, recordar y, sobre todo, amar.
A lo lejos, las estrellas murmuran la historia de la rebelión de Lucifer. Un relato antiguo, donde un arcángel desafió la luz, donde algunos eligieron alejarse del centro divino. Pero toda sombra regresa a su origen. La evolución es inexorable. El amor es el destino final.
—Quizá esa es la clave —murmura Ariel—. No se trata solo de elevarse, sino de redimir la sombra. Sanar la fractura. Llevar la luz allí donde antes solo había caos y miedo.
—Y en ese viaje —susurra María—, encontrarnos una y otra vez, en cada vida, en cada forma, en cada rincón del tiempo.
Tal vez esta sea nuestra última encarnación, y por eso se resquebraja la línea del tiempo y del espacio. O tal vez somos un eco de algo que ya vivimos. Un déjà vu cósmico. Pero si el tiempo es un círculo, si somos reflejos en un espejo infinito, entonces siempre nos encontraremos. Porque lo real no es la forma, sino la conexión, el hilo dorado que une nuestros destinos más allá de las estrellas.
Quizás, amor, los universos paralelos son ese lugar donde somos todo lo que hemos perdido.
Y en algún rincón del universo, donde el tiempo no es más que un eco, alguien escribió:
"No te quedes inmóvil a la orilla del camino, no congeles el júbilo, no quieras con desgana, no te salves ahora ni nunca."
Y mientras suenan esas palabras, se oye a Neruda susurrar desde el más allá:
"Si nada nos salva de la muerte, que al menos el amor nos salve de la vida."
Porque, como dijo Benedetti: "Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas."
Quizá volvamos a buscarnos y a encontrarnos, como en cada vida.