viernes, 21 de marzo de 2025

El Alfajor de la Tentación: Pasión y Magia Porteña


 En ese punto  del caer de la tarde, donde el aroma a café se mezcla con la humedad de la lluvia porteña, la caja de alfajores se abre con un suave crujido, como si el universo mismo liberara sus secretos en ese instante. El bandoneón sigue tocando su melodía en la distancia, pero aquí, en esta intimidad compartida, las notas más dulces son las de sus risas, que flotan en el aire como las burbujas de un vino espumoso, chispeantes y llenas de promesas.

"Ven María, es hora que mi madrileña, pruebe mis alfajores favoritos, los Havanna…"

Entre caricias y bocados, él la mira, con la complicidad de quien sabe que la danza del cortejo ha comenzado. “ María, con esa carita de golosa no me dejas otra que cogerte, mi amor”, dice él, riendo y jugando con el dulce de leche que ahora cubre sus dedos, deslizándolos suavemente por sus labios, sabiendo que la madrileña, aún no conoce el doble sentido de esa frase. La broma es tan ligera, tan cómplice, que es  el inicio de una nueva melodía entre ellos, una sinfónica de risas y suspiros, de miradas robadas y de caricias suaves como el terciopelo.

“Te cojo… y te devoro”,  y ella se estremece con una sonrisa traviesa, mientras su cuerpo se acerca al suyo.La dulzura de sus palabras van fundiéndose con el mismo dulce que él le ha ofrecido. Y es que, en sus ojos, ella es mucho más que una mujer: es hidromiel, el néctar más antiguo de los dioses, el elixir que transforma el metal en oro, la flor más rara y deliciosa de la tierra. Y no puede evitar la tentación de coger el bote de dulce de leche que había junto a la caja de alfajores, y escribir un te amo en el cuello de ella…mientras ella sorprendida, suspira, sin saber hacia donde se encamina aquel juego.

Él la observa, se pierde en la curva de su cuello, en la suavidad de su piel bañada por el dulce caramelo, y sabe que nada, nada en este mundo podría compararse a ese momento. “Eres mi dulce tentación”, susurra, mientras la besa con una pasión que no necesita palabras. Ella, entre risas, lo empuja suavemente, bromeando: “¿Así que soy una tentación, eh? ¡Pues a ver qué haces con ella!”

Entre risas y juegos, se entregan sin prisa, a suaves caricias, no hay ninguna prentensión, simplemente dejando que el tiempo se deslice entre sus dedos como el dulce de leche en el alfajor, saboreándose despacio, el uno al otro.  Él la toma entre sus brazos, y, con una mirada de fuego y pasión, le dice: “La tentación es un suspiro, y tú eres mi aliento. Cada caricia tuya es un beso que me sabe a tierra y a cielo, a vino y a miel. Y tú… eres el fuego eterno de mi embriaguez.”

Ella responde, riendo suavemente mientras se deja seducir por sus palabras: “No me resisto a tus besos, ni a tus juegos… ni a tus dulces tentaciones, mi amor. Pero en el fondo, ¿qué importa resistirse cuando te has convertido en mi vicio y mi salvación?”

Así, entre risas y caricias, entre bocados y suspiros, el alfajor y el dulce de leche se convierten en un pretexto, en un portal hacia un mundo donde lo real se funde con lo onírico, y donde el amor es tan dulce y profundo como el néctar de la vida misma. Y Lo único que importa es que, al final, se pierden en la dulzura que han creado juntos, entrelazados en una danza de sensaciones, un baile que les convierte en dioses, en esta tierra.

Entre sus labios, los alfajores se transforman en un lenguaje que no necesita ser explicado, cada bocado un suspiro, cada mirada una promesa. Se miran y sonríen con complicidad,  es un lenguaje que va más allá de las palabras. "Ven aquí", susurra él, extendiendo la mano, invitándola a caer en la misma espiral de deseo, de placer sin medida.

Ella, con la misma chispa traviesa, responde, "¿Otra vez el dulce, mi amor?" Pero en su tono hay algo más, un desafío, una invitación velada que no se limita solo al sabor, sino a la pasión que se esconde en los pliegues de cada caricia. Él, sin apartar la mirada, toma el alfajor y lo sostiene sobre su ombligo, en ese momento el centro del mundo… y  el chocolate derretido sobre su dedo, es la respuesta.

“"No te me retuerzas, que es solo un mimosito, mi niña linda”, dice él mientras hace cosquillas en el ombligo con su lengua y  sus manos comienzan a bajar, por sus caderas hacia los muslos, provocando  una ola de calor que recorre el cuerpo de su amada. Es un gesto pequeño, pero la intensidad de lo que despierta en María,  lo convierte en un acto profundo, lleno de promesas calladas

Ella, con una sonrisa infinita, susurra entre suspiros que se van volviendo gemidos y  risas,

 ¿Un mimosito? Ari, yo diría que me das todos de una vez, y me vas a dejar sin aliento…

“ No mi amor,  el último  será tuyo, como todos los que se intercalan entre nosotros, mi amor. Porque en este juego, no hay principio ni fin.”

De repente, el dulce sabor a nueces y chocolate se convierte en una extensión de ellos mismos; los besos se profundizan, se vuelven ardientes, y el amor se transforma en una promesa eterna, un pacto sellado con un toque de miel. Es una danza que nunca quiere terminar. Mientras el tiempo avanza, ellos se sumergen en la dulzura de ese amor compartido, un juego sin reglas, donde la pasión, desnuda y sincera, es la única norma en este amor sin fronteras. Ya es imposible detener la danza de pieles y sabores que fluye como un río sin orillas, un río que solo sabe de entrega. Entre risas y bocados, el universo entero parece desvanecerse, dejando solo la certeza de que, mientras estén juntos, todo lo demás será solo un eco lejano, una sombra que se pierde en el horizonte.

En fin, dejemos a los tiernos amantes en este rincón porteño, donde el alfajor Havanna no es solo un dulce, sino la promesa de un amor eterno, un lazo que se teje entre los labios, el dulce y el deseo...

MARÍA SOLIÑA & ARIEL POVDROSKY

Como un pequeño regalo, les compartimos nuestra canción, la cual pueden disfrutar también en sus plataformas digitales favoritas como Spotify, Amazon Music, iTunes, entre otras. Denle play a la magia, y dejen que la música los envuelva en esta danza de emociones.




"Biblioteca de susurros"




Te encontré entre páginas dormidas,

en la tinta de un verso olvidado,
como un soplo de viento en la brisa,
como un eco de un sueño callado.

Tus ojos, estrellas antiguas,
recitaban poemas sin voz,
y al rozarte, mi piel descubría
que el destino escribía por dos.

¿Eras sombra o eras memoria?
¿Eras fuego o eras canción?
Solo sé que en la biblioteca infinita,
tu latido rimó con mi voz.

Así fue que entre libros y lunas,
entre mitos y letras de ayer,
nos juramos amor sin premura,
un amor que no sabe perder.

Y aunque el tiempo nos quiera arrancarnos,
aunque el mundo nos quiera olvidar,
seguiremos en páginas blancas,
siempre listos para empezar.

(De ella para él)

El espejo de San Telmo

 

"Hay espejos que son más que reflejos. Hay noches en que el tiempo se pliega y nos permite cruzar a esos mundos donde el amor nunca muere. Este es un cuento de sombras y reencuentros, de una ciudad que nunca duerme y de una biblioteca donde los susurros aún resuenan. ¿Te atreves a mirar más allá del cristal?"

    El espejo de su tocador tenía una pátina antigua, un velo de polvo y tiempo que le confería un aire de reliquia. María, absorta en la rutina de cada noche, deslizaba el cepillo por su cabello mientras la memoria la desgarraba con imágenes de él. Su risa, su voz, la forma en que pronunciaba su nombre con ese acento porteño que aún se le anudaba en la garganta.

    Era imposible. No debía seguir buscándolo en los reflejos. Y sin embargo, aquella noche era distinta. Desde que su madre había muerto, un desamparo oscuro la envolvía. Se sentía sola, incomprendida, como si el mundo hubiera girado y ella hubiese quedado atrás, atrapada en una tristeza sin salida. Se dejó caer en la silla frente al espejo y suspiró.

    Entonces, el aire cambió. Algo en el reflejo se agitó como una onda en el agua. No había lámpara de noche, ni cortinas de lino. Había ventanas altas con postigos de madera, un suelo de parquet gastado y el resplandor de un farol de hierro iluminando la estancia.

    El aroma a papel viejo, a libros encuadernados en cuero y cera de vela llenó sus sentidos. Y allí, entre estanterías interminables y escaleras en espiral, estaba él. Siempre había estado allí, atrapado en la Biblioteca de los Mil Espejos desde el día en que murió. Llamándola en sueños, en susurros en el viento, en reflejos en los charcos de lluvia. Pero nunca había podido cruzar. Hasta ahora.

—María... —su voz emergió del reflejo, trémula, intensa.

    Ella giró la cabeza, pero su habitación había desaparecido. Ya no era una mujer de luto peinándose antes de dormir; era la María de entonces, la de los labios rojos y el deseo intacto, la que aún podía creer que el tiempo no era una condena.

—Sabía que ibas a encontrarme —dijo Ariel, con esa voz suya que era un refugio y un abismo.

    Ella sintió el temblor en su pecho y supo que no debía preguntar cómo, por qué, hasta cuándo. Solo importaba que estaba ahí.

Dio un paso. Luego otro. La madera crujió bajo sus pies.

—He cruzado el espejo —susurró, más para sí misma que para él.

    Él dejó la copa sobre una mesa de roble antiguo y avanzó hacia ella. Su mano, cálida, le rozó la mejilla. No era un fantasma. No era una alucinación. Sus labios descendieron sobre los suyos con la certeza de quien sabe que el tiempo puede doblarse como una página leída a medias.

    Aferrándose a su cintura, la atrajo hacia la penumbra. Afuera, Buenos Aires seguía latiendo. El bandoneón de una milonga perdida se deslizaba por las calles de adoquines.

María no volvió a mirar atrás.

El espejo, testigo de su fuga, se cerró tras ella.


MANIFIESTO DE LA BIBLIOTECA DE LOS MIL ESPEJOS



Estamos hartos de los algoritmos, del contenido masticado, de los 5 segundos de atención de los imbeciles,  de los textos sin alma que solo buscan clics. No escribimos para robots, escribimos para almas inquietas, para quienes aún creen en el poder de una historia bien contada.

    Aquí no hay moldes ni etiquetas. No hay tendencias a seguir ni mercados a conquistar. La Biblioteca de los Mil Espejos no es un catálogo de entretenimiento rápido, sino un refugio para quienes buscan algo más. Aquí cada palabra es un conjuro, cada historia un portal, cada lector un alquimista del significado.

    Soy muchas y soy una. Soy la que canta como María Soliña, la que sana y guía en Guardianes de la Tierra Sagrada, la que guarda la Biblioteca en ausencia del Poeta. Soy también la historiadora del arte, la que ha recorrido la Edad Media en manuscritos y piedras antiguas, la que descubre símbolos en los templos y secretos en las crónicas. No puedo dividirme en partes porque todo nace del mismo fuego.

    No obedezco las reglas de lo vendible. Escribo porque me arde, porque hay verdades que solo pueden decirse en susurros o en gritos de tinta. Me alimento de Borges y de Sabato, pero también de la música sin etiquetas, del sonido del bosque, de la rebelión silenciosa de quienes no encajan.

    Aquí no hay comunidad de consumidores, sino de conspiradores. No hay métricas, solo magia. Si has llegado hasta aquí, no es por un algoritmo, sino porque en algún rincón de tu ser aún hay un buscador, un amante de lo indomable, alguien que entiende que la literatura, la música y la vida son un mismo latido. 

Tan un mismo latido que ahora mismo te escribe Ariel Povdrosky, la sombra detras del espejo, creador de mundos, poeta y músico. Cabalista y mago del verbo. Porteño pero ciudadano de este mundo y las estrellas. Enamorado de la vida y de ella.

Siéntate, respira y abre los ojos. El viaje comienza ahora. 

María de las Mercedes ( María Soliña)  y Ariel Povdrosky, te dan la bienvenida.


La Biblioteca de los Espejos: Donde los ecos susurran eternamente


Dicen que toda biblioteca es un laberinto, un espejo infinito donde los libros reflejan almas y los lectores se convierten en personajes. Pero esta biblioteca, la nuestra, es distinta. Aquí, cada página es un umbral, cada palabra una llave, cada historia un reflejo de algo que ya soñamos antes de nacer.

En estas estanterías de niebla y tinta, se encuentran los relatos que han sobrevivido al olvido: los susurros de Poe en la penumbra de un cuervo insomne, la elegancia de Borges dibujando laberintos donde se pierden dioses y hombres, los amores imposibles de Bécquer en cartas que jamás llegaron a destino, y las parábolas de Bucay, tan sencillas y tan hondas como una verdad olvidada en la infancia.

Aquí, el tiempo no transcurre: se pliega, se desdobla, se detiene. ¿Quién nos lee mientras leemos? ¿Somos el lector o el personaje? ¿Espejos o sombras? Quizás, al cerrar cada libro, lo que realmente cerramos sea una puerta a otro universo que ya no recordaremos al despertar.

La Biblioteca de los Espejos no es un lugar, es un estado del alma. Una grieta luminosa en la realidad donde todo lo que fuimos, lo que seremos y lo que nunca seremos se contempla, en silencio, desde el otro lado del cristal.

Bienvenidos, buscadores de historias. Aquí, entre letras y
reflejos, la eternidad nos observa.

La Biblioteca de los Espejos no es un lugar, es un estado del alma. ..

Geografía de tu ausencia

  Te amo desde el hueco que deja tu nombre cuando la tarde se queda sin voz. Te amo como ama la lluvia a la tierra que no responde, como...