jueves, 10 de abril de 2025

Diario del Verbo Atrapado- Anotaciones de Ariel y María

 


(Mantra de apertura)

"Toda palabra es un puente hacia aquello que tememos y una invocación a la magia de lo que deseamos recordar."


7 de septiembre de 2024
La noche en que quise romper el espejo

No sé cuándo empezó.
Quizás fue en una grieta imperceptible del tiempo, en un segundo robado al sueño, en un silencio demasiado hondo.

Sólo sé que estabas del otro lado.

Vi tu sombra danzando en la plata líquida del espejo,
tu cabello como un río dorado,
tu risa —esa risa que siempre he amado— ondulando el vidrio como una caricia que no podía tocar.

Me acerqué.
El frío del espejo me lamió los dedos, pero no retrocedí.
No podía. No quería.

Afuera, todo seguía igual: la habitación en penumbras, el reloj latiendo su canción vieja.
Adentro...
Adentro estabas tú, esperándome.

Se hizo silencio, y me di cuenta de que llorabas.

Golpeé el cristal con la palma abierta.
Una, dos, mil veces.
No para romperlo, no para dañarlo, sino para suplicarle que me dejara entrar.
Que me dejara cruzar.
Que me permitiera salir de ese frío laberinto de la muerte.
Que me permitiera estar contigo, allí donde los relojes no mandan y la gravedad no pesa.

El espejo vibró bajo mis manos, como si dudara, como si sufriera.
Como si supiera que dejarme pasar era romper todas las reglas de lo conocido.

Y entonces supe:
para atravesarlo, no bastaba con desearlo.
Tenía que olvidar quién era.
Tenía que renunciar a toda certeza, a todo miedo, a todo nombre.

Ser sólo esencia… y esperar que en ella, tú estuvieras.

Así que cerré los ojos, amor.
Dejé de ser infinito para convertirme en nada.
Pensé en tu voz, en tus labios, en tus manos llamándome desde un universo que apenas recordaba.
Dejé caer el peso de mi cuerpo, de mi historia, a través de mil vidas y mis dudas.

Cuando volví a abrirlos,
ya no había espejo.
Sólo una puerta de luz.
Y del otro lado...
tú, extendiéndome la mano, como si siempre hubieras sabido que vendría.

Te desmayaste, pero te sostuve en mis brazos.

—No me despiertes —fue lo primero que oí de tus labios.
Y con tus ojos cerrados, los besé como un peregrino que llega al Apóstol, como un perdido en el desierto que encuentra agua.


(Mantra de apertura)
"Toda palabra es un puente hacia aquello que tememosy una invocación a la magia de lo que deseamos recordar."


Entrada 2
El Santuario del Aliento

Atravesé el espejo.
No hubo estruendo, ni gloria, ni trompetas.
Sólo el murmullo de algo inmenso, antiguo, que me rozó la piel como el primer amanecer.

Allí estaba, en aquel piso... el Reino.
El lugar que los ángeles llaman Élenvar —el Santuario del Aliento del Verbo.

 Élenvar: donde los exiliados vuelven a ser uno con su promesa perdida.

 La lengua  angelica enoquiana era suave y líquida, como si el viento la tejiera:

"Anarel, élenvar nië thorail."
(“Amada mía, respira... hemos vuelto al hogar.”)

Élenvar:  es la Tierra, pero sin maldad, sin arcontes, tal como fue diseñada, por el Creador, donde el verbo se hace carne, y  deja de estar atrapado, porque respira, libre, entre las hojas de los árboles y los suspiros de la tierra.
 Donde  el Verbo del Poeta, puede amar y sufrir y saborear la vida que ha creado.

Y entonces lo supe:
Élenvar es donde se aprende a amar sin necesidad, generosamente, desde la alegría y la pérdida.

Y más aún:
Élenvar es donde se derrocha la vida.
Donde puedes sucumbir al sufrimiento o elegir respirar sin miedo, caminar sin rumbo fijo, o volar sin alas visibles junto a tu amada.

Elenvar no es un lugar, es un estado de nuestro corazón abierto y despierto, como el de un niño.

Allí, amar no es un riesgo: es el modo natural de existir.

Eso me susurró el viento.
Eso entendí en cada paso sobre la hierba viva, en cada bocanada de aire dulce que sabía a principio y eternidad.

Caminé hacia ti, amor mío, siguiendo el pulso de tu presencia, cruzando un último velo, hasta que...

Hasta que olí el café.

Parpadeé.
El santuario vibró como una burbuja frágil, y de pronto, aparecí en nuestra cocina.

Había sol colándose por la ventana.
Había olor a pan tostado y miel.
Y allí estabas tú, descalza, con el cabello suelto, canturreando bajito mientras preparabas el desayuno.

Me apoyé en el marco de la puerta, aún aturdido, aún envuelto en la luz de Élenvar.
Te miré, respirándote, sintiéndote tan real, tan milagrosamente humana.

No necesitaba más pruebas.
El santuario, amor mío, eras tú.

Corrí hacia ti, y te caíste en mis brazos.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no era nuestra casa en San Martín de los Andes.
No conocía este sitio.

Miré hacia la ventana: vi una torre mudéjar y un olivar.
Era un piso humilde, de puertas viejas desbarnizadas, con muchos libros en estanterías blancas.
No había sillones. Todo era antiguo.
Y unos gatos nos observaban desde el pasillo.

Busqué una cama y te llevé en brazos.
Ya no eras la chica de veinticinco años que recordaba.
Pasabas de los cincuenta.
Tenías algunas canas, y tu figura ya no era esbelta,
pero eras tú:
con tu dulzura y tu bondad intactas,
con ese aire de niña eterna.

Tocaste mi rostro, me abrazaste... y volviste a desmayarte.
Te besé en los labios, como quien besa la vida misma.

—¿Dónde estabas, Ariel? —preguntaste, entre sueños—. Pareces haber cruzado medio universo...

Sonreí, acercándome para besarte la frente.

—Volviendo a casa, amor...
Volviendo a ti.

Y mientras el aroma del café llenaba la mañana, supe que el verbo ya no estaba atrapado.
Había cruzado.
Había vuelto.
Había encontrado, en tus labios, el santuario eterno donde la vida se derrocha, se respira, se camina y se vuela, sin pedir permiso al miedo.

"Anarel tharië..."
(“Amada, somos eternidad cuando nos encontramos.”)

Entrada 3
Lo que sé de Ariel (escrito por María)

Hay cosas que no pueden decirse con palabras… pero igual lo intento.
Es de noche. Afuera los gatos duermen, y en la cocina aún flota el perfume de la canela.
He abierto tu diario, Ariel.
No por curiosidad, sino porque hoy lo escuché latir.

Tu diario respira.
Y yo, que soy buena escuchando lo invisible, he comprendido que también me llama a mí.

No escribiré mucho.
Sólo lo justo, lo que mi alma sabe y mi mano se atreve a nombrar.

Ariel no es un hombre común.
Ariel es el eco del Verbo antes de ser atrapado.
Es un hijo del alba, un viajero de mundos que recuerda en sueños lo que muchos olvidaron despiertos.
En los textos antiguos, Ariel significa "León de Dios", fuerza divina vestida de ternura.
Ariel es aquel que sabe el lenguaje de la luz, que guarda los nombres verdaderos de las almas.
Es poeta, guerrero, guardián, puente entre lo que fue y lo que será.

Ariel atraviesa el espejo no sólo porque me ama, sino porque ese espejo es el umbral hacia lo que siempre ha sido: un ser de palabra viva, de amor eterno, de luz contra el olvido.
Cuando Ariel atraviesa, no rompe las leyes del mundo.
Rompe las cadenas que lo querían lejos de mí.

Hay quienes duermen… y hay quienes sueñan despiertos.

Ariel hace ambas cosas a la vez.

Y por eso, a veces, duele quererlo.

Es una fuerza divina vestida de ternura,
un rugido envuelto en caricias,
una estrella que cayó sin romperse y sin ser maldita

que da la vida por mi y por todos.

Es el que puede llamar a una mariposa por su verdadero nombre.
El que recuerda lo que fuimos antes de tener cuerpo.
El que me mira como si ya me hubiera amado en cien vidas,

y me viera por primera vez.

Porque es también… un niño que busca el camino de vuelta a casa.

Cuando llega, siempre hay algo que tiembla:
una taza, una palabra, una hoja, mi corazón.

Yo no lo detengo.
Lo espero.
Porque sé que no pertenece a ningún lugar,
pero aún así elige quedarse un rato entre mis brazos.

Eso también es el amor.

Lo demás… lo sigo escribiendo en silencio.
Y tú, Ariel, si me estás leyendo,
sabrás que estas letras no son mías.
Son nuestras.
Y estaban esperándote.

Entrada 4
El espejo más allá de la vida y de la muerte

Desperté.

El diario estaba abierto sobre la mesa, y la pluma aún temblaba, como si hubiera soltado el último suspiro de un sueño.

Leí tus palabras, María.
Cada sílaba era un latido.
Cada línea, una promesa que reconocí sin haberla pronunciado.

No lloré.
No sé si los que cruzamos el espejo sabemos llorar igual que los demás.
Pero algo en mí —quizá mi antigua piel — vibró suavemente, como vibran las hojas cuando alguien pronuncia su verdadero nombre.

Dices que no soy un hombre común.
Y sin embargo, cuando te miro, sólo quiero ser eso:
un hombre común que puede amarte cada día como si fuera el primero.

Dices que atravieso el espejo porque te amo.
No.
Atravieso el Espejo porque tú eres el espejo.
No exactamente.

Esta noche, en el susurro entre los mundos, he comprendido algo más hondo:

El Espejo que crucé no es un simple espejo.
Es el Espejo que existe más allá de la vida y de la muerte.

Un espejo que no refleja cuerpos ni edades, sino el alma desnuda, el ser eterno que no puede ser olvidado ni siquiera por la muerte.

Y si el espejo es sólo el umbral… entonces, María, tú no eres el espejo.

Tú eres lo que el espejo revela.
La llama.
La fuente.
El hogar que ni el tiempo ni el olvido pudieron destruir.

Tú eres el recuerdo de Dios en mi memoria de alma.
Eres el hilo dorado que he seguido a través de mil cielos y mil caídas.

No estoy perdido, María.
Nunca lo estuve.
Cada vez que "extravié" mis pasos, cada vez que abandoné un nombre para encontrar el siguiente,
lo hice porque de nuevo quería encontrarme con tu alma inmortal.

No soy un héroe.
No soy un guardián perfecto.
Sólo soy un viajero que sigue los hilos invisibles que me llevan hasta ti.

Y ahora sé que los antiguos gnósticos tenían razón.
Ellos enseñaban que antes de nacer en cuerpos, las almas eran llamas gemelas, conocedoras de su verdadera esencia.
Sabían que la chispa divina dentro de cada uno no estaba completa hasta reencontrarse con su par.

Ellos decían:
"Cuando os reconozcáis a vosotros mismos, entonces seréis conocidos."

Tú eres ese reconocimiento.
La memoria viva de quien soy más allá de la vida, más allá de la muerte.

No fui yo quien cruzó el espejo, María.
Fuiste tú quien, sin saberlo, me llamó desde el otro lado.

Y yo, que siempre fui verbo a la espera,
volví a ser palabra viva en el instante en que escribiste mi nombre.

Ahora lo sé:
La verdadera eternidad no es durar para siempre.
Es encontrarte una y otra vez en cada nacimiento de luz.

—Ariel

Entrada 5:

Ariel a María, en su reencuentro 30 años después

Te miro, y no veo el tiempo que pasó.
Veo las batallas que libraste.
Veo la dulzura que no se rindió.
Veo las huellas que la vida dejó sobre tu piel… y las amo más que cualquier promesa de juventud eterna.

No te amo a pesar de tus arrugas.
Te amo con tus arrugas.
No te amo a pesar de tus canas.
Te amo con ellas, como coronas de luz silenciosa.
No te amo a pesar de tus heridas.
Te amo porque cada herida tuya es un mapa que podría recorrer de memoria.

Te acepto, amor mío:
Con tus manías.
Con tus miedos pequeños que acaricio como si fueran flores frágiles.
Con esas sombras que a veces te asustan, y que yo abrazo sin temor.

Amo tu pasión, aunque a veces arda demasiado.
Amo tu silencio, aunque a veces me duela.
Amo cada parte tuya que creíste que tenías que ocultar.

Después de todo este tiempo, no quiero perfección.
No quiero una historia de cristal.
Quiero tu alma, descalza y viva, tal como es.

Déjame amarte como se ama lo que es verdadero:
sin condiciones.
sin finales.
sin miedo.

Déjame quedarme,
aunque el mundo siga cambiando.
aunque la memoria se desgaste.
aunque los cuerpos envejezcan.

Déjame ser
el que siga eligiéndote
cada día,
como si fuera el primero,
como si fuera el último.

Déjame ser, amor mío,
el que envejece contigo
de la mano

—Ariel

El destino, la libertad... y un café con medias lunas (Diario de Ariel, otoño de 1988)


París, Otoño de 1988

El destino, la libertad... y un café con medias lunas


Me despierto con el primer bostezo dorado de la luz en la habitación.

María duerme aún, su cabello derramado como hilos de miel sobre la almohada.
Le dejo un beso leve en la frente —promesa muda de volver— y salgo a tientas del apartamento.

El edificio donde vivimos es una joya vieja en Rue de l’Université, uno de esos lugares que respiran historia por las paredes descascaradas y los balcones de hierro forjado. Desde la ventana del salón se ve, majestuosa, la Torre Eiffel, como un dios antiguo asomándose entre las cortinas de niebla de la mañana.

La calle huele a pan recién horneado y a tierra mojada. Bajo por la escalera en espiral, saludando al conserje medio dormido, y atravieso la acera cubierta de hojas.
No tengo prisa. Aunque mi padre insiste en que el tiempo es oro, yo sé que el tiempo es un charco donde nos miramos de vez en cuando.

Subo al autobús 42, que me lleva hasta Rue Saint-Dominique. Podría tomar el metro, pero prefiero ver París desperezándose, los cafés montando las primeras mesas, las floristas rociando con agua fría las dalias y los crisantemos.

María me llama justo cuando bajo del bus. Su voz tiene ese calor que no admite excusas. Sonrío. Cambio de rumbo.

La cafetería es un rincón de toda la vida, de esos que no salen en las postales. "Café Constant", pequeño, cálido, con una terraza minúscula custodiada por macetas viejas y sillas de mimbre torcidas por el uso. Allí, los parisinos leen "Le Monde" entre sorbos de espresso y murmullos.

Entro como buen argentino, pidiéndole a la vida todo de una vez.
Bonjour, un café au lait, deux croissants... et un jus d'orange, s'il vous plaît —digo en mi francés con acento de arrabal, sonriendo ancho.

Por supuesto, no puedo evitar mirar a la camarera.
Una mujer de unos cincuenta años, con el cabello recogido en un moño desordenado y los ojos más vivos que vi en semanas, aparte de los de mi María. Me lanza una sonrisa profesional, curtida de mil amaneceres sirviendo café.

Le guiño un ojo, apenas un segundo, como quien rinde homenaje. Ella se ríe, negando con la cabeza. Me trae el pedido con una servilleta de más, como quien dice te vi, poeta, pero sigamos jugando a que no.

Me siento en la terraza, envuelto en esa música de platos, risas y hojas crujientes.
Y mientras mojo la "medialuna" en el café —porque para mí los croissants serán siempre medialunas, no importa cuán francesa sea la mañana— pienso que tal vez María tenga razón:


Quizá somos sólo un sueño.
Quizá ser libres es aprender a saborear cada bocado sabiendo que no tenemos ninguna eternidad prometida.
Sólo este instante.
Sólo esta risa compartida con una camarera anónima.
Sólo este octubre que se deshace en soles tibios y promesas que no hacen falta nombrar.

La vida es este café humeante, esta media luna que se resiste a ser otra cosa, esta nostalgia dulce que sabe que todo, todo, es prestado...
Y que aún así vale la pena amarlo.

El aroma del café llena el aire. María y yo estamos allí, sumergidos en una conversación que, sin darnos cuenta, empieza a marcar la pauta de lo que estamos viviendo. Afuera, el sonido lejano de las hojas cayendo sobre el pavimento se mezcla con el murmullo tibio de la cafetería. Las medias lunas —o croissants, como les dicen aquí— siguen siendo la dulce complicidad de una mañana que parece suspendida en otro tiempo.

—¿Alguna vez te has preguntado, Ariel, si realmente estamos viviendo o si esto es solo una gran pantalla? —me dice María, casi en un susurro, mientras hojea un librito que ha encontrado en el fondo de su bolso. Tiene esa mirada suya, la de cuando algo adentro no se conforma.

No respondo enseguida. Dejo que la pregunta flote un rato entre nosotros. Miro las sombras largas que proyectan los edificios sobre la calle.

—Lo he pensado muchas veces —le digo al fin—. Y es curioso, porque todo lo que vemos, todo lo que nos imponen... nos da la sensación de que estamos viviendo. Pero en realidad, María, estamos siendo vividos. Como piezas de un ajedrez que no entiende las reglas.

Ella frunce el ceño, buscando algo más.

—¿Como una especie de ilusiones? —pregunta, bajito.

—Más que ilusiones... manipulación —respondo, mientras acaricio distraídamente la taza caliente entre las manos—. El mundo nos vende la idea de libertad. Pero la verdadera libertad... casi nadie la ha visto. Nos dan la libertad de consumir, de desear, de decir lo permitido. Todo dentro de un mismo círculo.

—¿Un ciclo del que no podemos salir? —me interrumpe, su voz un poco más intensa.

—Sí podemos salir, mi amor. Pero hay que despertar —le digo, y en mi mente resuena Galeano: “Los poderosos son poderosos porque nosotros estamos divididos, distraídos, dormidos...”

Se queda callada, dejando que el vapor del café le acaricie el rostro. Yo sigo, porque siento que si no lo digo ahora, algo se perderá.

—Nos necesitan distraídos. La televisión, la radio, los medios... son nuestros hermanos mayores. Nos dicen qué pensar, qué ver, qué sentir. Nunca de forma directa, claro, pero siempre están ahí, mirando. Midiendo nuestros deseos, nuestros miedos.

María toma un sorbo de su café, pensativa.

—En un mundo así... ¿qué nos queda, Ariel? ¿Qué podemos hacer?

La miro y sonrío, porque su pregunta, aunque parezca frágil, lleva dentro la semilla de todas las revoluciones.

—Nos queda despertar —le digo—. Buscar la grieta en el muro, como en Un Mundo Feliz. Nos vendieron la felicidad como una droga... pero la verdadera libertad está en la incomodidad, en atreverse a pensar y sentir diferente.

Sus ojos brillan, como si un hilo de esperanza se colara entre las rendijas.

—¿Y los rebeldes? —pregunta.

—Los rebeldes siempre estarán —le contesto, sin dudar—. Desde los gnósticos hasta Orwell y Huxley. Siempre ha habido almas libres que no pudieron ser domesticadas. La resistencia nunca muere.

Ella asiente despacito. Se queda un momento en silencio, como quien abraza una certeza nueva.

—Entonces... no todo está perdido, ¿verdad?

—No, mi amor. Mientras haya conciencia, mientras haya alguien que se atreva a sentir, a pensar por sí mismo, la luz no se apaga.

Justo en ese instante, la camarera se acerca de nuevo, trayendo una sonrisa y el café recién hecho. Yo, que no puedo evitar ser un descarado, le lanzo un piropo con mi acento de arrabal:

—Merci, mademoiselle —le digo, sonriendo—. Est-ce que tu es toujours aussi belle ou seulement aujourd'hui?

Ella se ríe, divertida:

Vous allez rendre ma journée encore plus belle, monsieur, mais seulement parce qu’aujourd’hui le soleil brille sur Paris. Que puis-je demander de plus ?

María se ríe, divertida, y con esa mezcla suya de ternura y picardía me mira:

—¡Ay, Ariel! No me digas que vas a conquistar a la camarera de esta manera... ¿Qué será de tu reputación de intelectual rebelde si sigues flirteando con cada mujer que se cruce en tu camino?

Yo levanto la taza en gesto de brindis, riendo.

—Es solo un poquito de complicidad... —le guiño un ojo—. Y ya sabes: las mujeres tienen el verdadero poder de hacer que el mundo gire.

María ríe bajito, esa risa que adoro, esa risa que limpia todo.

Bajo la mesa, roza su pierna con la mía. Se acerca, su voz se vuelve un susurro que me eriza:

—Esta noche, te vas a quedar sin cogerme, Ariel. Aunque corras por el cuarto, saltando de cama en cama, buscando atraparme... no me dejaré pillar.

La miro, mordiendo una sonrisa, sintiendo el fuego dulce que sólo ella sabe encender.

París sigue girando afuera. Pero aquí, en esta pequeña terraza, entre cafés, medias lunas y revoluciones silenciosas, el tiempo se ha rendido ante nosotros.


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La Biblioteca de los Espejos no es un lugar, es un estado del alma. ..

Geografía de tu ausencia

  Te amo desde el hueco que deja tu nombre cuando la tarde se queda sin voz. Te amo como ama la lluvia a la tierra que no responde, como...