domingo, 30 de marzo de 2025

Ukhupacha: El Llamado de los Espíritus

 


El templo de Ukhupacha emergía entre la espesura como un susurro de piedra y raíz, un santuario devorado por la selva, donde los espíritus antiguos aún dejaban su rastro en la brisa cargada de copal. Sus muros eran de basalto cubierto de líquenes dorados, esculpidos con símbolos que hablaban de un tiempo donde hombres y dioses compartían el mismo pulso. En su centro, un altar de obsidiana reflejaba el cielo entre las sombras, y sobre él, la huella de antiguas ceremonias vibraba aún en el aire.

Las raíces abrazaban las piedras milenarias, como si la selva quisiera devorar los secretos de aquel templo olvidado. El aire era denso, perfumado con el aliento húmedo de la tierra y la fragancia indescifrable de plantas que solo los chamanes sabían nombrar. María avanzó descalza, sintiendo en la piel la caricia de un mundo antiguo que despertaba bajo sus pasos.

Ariel la esperaba en el centro del santuario, pero no estaban solos. Un anciano de ojos incendiados por el tiempo se alzaba junto al altar. Su piel era una cartografía de símbolos, un códice vivo que hablaba de ceremonias y dioses. El chamán, con una túnica de plumas y cuentas de hueso, removía el brebaje en una vasija de barro negro, su voz un murmullo que tejía conjuros con la noche.

—¿Sabes lo que susurra la ayahuasca a quien se atreve a beber su esencia? —preguntó Ariel.

María inclinó la cabeza, atrapada entre el anhelo y el miedo. El chamán alzó la vasija, pero antes de que el líquido tocara sus labios, la realidad se rasgó como un velo arrancado al viento.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Su visión se fracturó en mil espejos de tiempo. Vio ríos dorados fluyendo en el aire, estrellas danzando como fogatas celestes, sombras de civilizaciones enterradas en la memoria del mundo. Vio a sí misma en otros cuerpos, en otras vidas, riendo, llorando, amando. Se vio muriendo y naciendo en un eterno retorno.

—¿Es esto el pasado? —susurró, sin saber si hablaba o solo pensaba.

El chamán sonrió con la paciencia de quienes han cruzado muchas veces el umbral.

—El pasado no existe. Tampoco el futuro. Solo hay memoria y olvido. Eres todas tus vidas a la vez.

María vio entonces un jaguar surgir de la espesura, sus ojos dos abismos de oro líquido. Sintió que la llamaba, que la reconocía. Su tótem. ¿O era ella quien lo soñaba?

Ariel la sostuvo antes de que cayera de rodillas.

—Si somos todas nuestras vidas, si el tiempo no es real, ¿qué somos entonces? —preguntó él, sus pupilas reflejando constelaciones invisibles.

—Somos el sueño de la selva —respondió el chamán—. Somos la respiración de la Tierra en forma de carne y pensamiento. Y cuando partimos, volvemos a ser raíz, agua, fuego y viento.

María sintió las lágrimas resbalar sin saber si lloraba por todas las veces que había sido, o por todas las que aún sería. El chamán se arrodilló frente a ella, su mano áspera sobre su frente.

—Tu espíritu ha viajado más lejos que los que beben el brebaje. La selva te ha hablado sin necesidad de filtros. ¿Qué es lo que buscas, hija del tiempo?

María sintió cómo su corazón latía con la fuerza de una tormenta, y entonces lo supo. No una pregunta suya, sino la pregunta más grande que el universo le hacía a través de ella, latiendo en su pecho como un eco de todas las almas que habían sido y serían.

—¿Por qué el amor nos llama a buscar más allá de nosotros mismos? —susurró, temblando.

El chamán cerró los ojos, como si en su interior el viento de los siglos respondiera.

—Porque el amor es el hilo que teje el tapiz de la existencia. Somos fragmentos dispersos de una misma luz, condenados a vagar en la oscuridad hasta que nos encontramos. Y cuando dos almas se miran y se reconocen, el universo recuerda su propia eternidad.

María sintió que su cuerpo ya no le pertenecía, que su esencia se expandía más allá del tiempo y el espacio. Ariel la sostuvo con suavidad, y en su abrazo entendió que no había distancia ni muerte ni olvido. Solo un amor tan vasto como las estrellas, tan infinito como el propio universo.

Pero aún quedaba una duda en su pecho, un vértigo que se enredaba entre sus pensamientos como una raíz inquieta.

—¿Fue el amor lo que me trajo aquí o el dolor? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Esto es real?

El chamán la miró con infinita ternura y respondió:

—No hay diferencia entre amor y dolor, porque ambos son puertas que conducen al despertar. Y real… real es todo aquello que transforma tu alma.

María sintió cómo esas palabras se posaban en su espíritu como hojas en el agua. Pero entonces Ariel, que había permanecido en silencio, le tomó las manos con la delicadeza de quien sostiene un fragmento del infinito y le susurró:

—El amor y el dolor son ríos distintos que terminan en el mismo mar. Uno nos llama, el otro nos empuja. Pero lo que te trajo aquí no es ninguno de los dos… es el hambre de tu alma por recordar quién eres.

María lo miró, atrapada en la bruma de sus ojos.

—¿Y qué soy? —susurró.

Ariel sonrió, acariciándole el rostro con la punta de los dedos.

—Eres la pregunta eterna buscando su propia respuesta. Y cuando la encuentres, el universo cambiará para siempre.

María sintió que flotaba en su mirada, perdida en un abismo sin principio ni final. Ariel se acercó aún más, y en un murmullo que solo ella pudo escuchar, dejó caer la última verdad como quien entrega un secreto sagrado:

—Estás aquí porque eres mi reflejo en el espejo. Eres yo, y yo soy tu, eres tan mía como yo tuyo. No sé dónde termino y empiezas tú, cuando nos miramos. No se porque dejé de ser un niño y soñarte, o si fuistes tu, pero me alegro que volvieras. Despierto sin saber que estuve a tu lado pero todos dicen que ultimamente estoy colgado de una palmera, quizás por eso, vinimos a la jungla...

Chocolate con churros en la Giralda





Esa tarde, la bibliotecaria no quería divagar en lugares paradisíacos, ni perderse en geografías imaginarias donde los mapas son solo ilusiones. No buscaba refugio en las páginas amarillentas de un libro olvidado ni en la arquitectura imposible de una biblioteca infinita. Solo quería hablar.

Viajar entre espejos, cuando nadie te devolvió tu reflejo, o cuando otros distorsionaron la imagen con la sombra de su propio abismo, es un ejercicio peligroso. Puede atrapar a una aspirante a bibliotecaria en un juego sin retorno, un laberinto de imágenes fragmentadas donde la realidad se disuelve como tinta en el agua. Pero tal vez, solo tal vez, ese espejismo que ella misma había creado fuera lo más real que había tenido en su vida.

Desde la infancia,  apenas cumplidos los 6 años, había aprendido a habitar el umbral entre lo real y lo imaginario. Desde el momento en que el dolor la mordía con fauces invisibles en la quimioterapia, cuando la leucemia convertía su cuerpo en un campo de batalla silencioso, le daba la mano a aquel niño bonanerense de amplia sonrisa, tímido pero con humor loco que le hablaba de Picapiedras, Supersonicos y Embrujada.  Siempre confío o necesitó confiar en aquel sueño, desde la noche en que su padre, cegado por el glaucoma y la locura, le arrebató  la inocencia, con apenas 13 años, y la hizo sentirse menos que nada y desear ser fea o mejor invisible. Desde los días de triunfos y fracasos en los que su reflejo oscilaba entre la certeza y el olvido.

Y desde el amor. O lo que ella había creído que era amor. Porque los dos hombres que la acompañaron en distintos momentos de su vida no supieron verla más allá de su propia necesidad de poseer un reflejo. Se desvanecieron como humo en la lluvia, demostrando que eran más espejismo que su fiel amigo invisible, el único que siempre había estado allí. El que le enseñó los rincones ocultos del mundo, incluida su propia ciudad Buenos Aires. Siempre  terminaba el dia en sus sueños charlando con él.

Esa tarde, en la cafetería, con la lluvia golpeando los ventanales y el aroma del chocolate envolviendo el aire, ella solo quería abrir su alma en canal. Sentir el calor de la taza entre los dedos y saber, por un instante, que existía. Que no era solo un reflejo perdido en los espejos de su propia memoria.

Aquel día cruzó el espejo cuantico de sus sueños de madrugada, hacia un lugar, que  le recordaba a San Ginés en Madrid, donde por cierto nunca pudo entrar... y lo tenía en su lista de deseos pendientes, para cuando encontrase el amor verdadero... pero ya con 55 años, sentía que sería en otra existencia. Quien podría quererla, ahora  con canas, gorda y llena de dolores, cuando no lo hicieron  cuando alcanzó la cumbre de su belleza.  Pero  la madrugada era suya, y estaba allí, su amor invisible, la había llevado a el corazón palpitante de Buenos Aires, donde las calles murmuran historias de amores y desencuentros,  allí es donde se erige La Giralda, una joya atemporal en la emblemática Avenida Corrientes. Fundada en 1930, esta cafetería había sido testigo de innumerables encuentros y promesas susurradas al calor de un chocolate espeso y churros crujientes.

Allí estaba ella, con un vestido escocés, su boina roja y una chaqueta del mismo tono burdeos. Las imagenes eran borrosas, se iban aclarando según le escuchaba...

Imaginá una tarde de otoño  a finales de los años 80. Las hojas doradas danzan al compás del viento, alfombrando las aceras húmedas. Afuera, la lluvia golpea con fuerza, creando una sinfonía melancólica que invita a la introspección. Dentro de La Giralda, el ambiente es cálido y acogedor. Las paredes blancas, adornadas con azulejos y espejos, reflejan la luz tenue de las lámparas, creando un refugio del bullicio exterior, realmente este sitio le encantaba a mi madre.

En una mesa junto a la ventana, dos almas se encuentran. Las gotas resbalan por el vidrio, distorsionando las luces de los teatros cercanos. Ella, con una bufanda de lana enredada en su cuello, juega distraídamente con la cucharilla, trazando círculos en la espuma del chocolate. Él, con una mirada profunda, observa cómo el vapor asciende de su taza, como si en ese humo se escondieran respuestas a preguntas no formuladas.

La conversación fluye, pausada y sincera. Hablan de la existencia, de los caminos que los han traído hasta aquí, de las almas gemelas y de si el destino es un hilo invisible que une a quienes están destinados a encontrarse de formas extrañas que parecen milagros surgidos de la mano del Creador. Afuera, la tormenta arrecia, pero dentro de La Giralda, el tiempo parece detenerse.

Él toma su mano y, con voz suave pero firme, dice: "Por amor, yo me iría a la luna". Ella sonríe, sus ojos brillan con una mezcla de sorpresa y ternura. "¿Y qué harías en la luna?", pregunta, jugueteando con la idea. "Buscaría las estrellas más hermosas para traértelas y colocarlas en tu cielo", responde él, apretando ligeramente su mano.

-Ella río, con esa risa, nitida, pura e inocente que a él le sonaba a repiqueteo de campanas...

-me conformo con viajar contigo, cocinar juntos o ver una puesta de sol, junto a una cascada o el mar.

La Giralda, con su esencia nostálgica y su aroma a chocolate y churros recién hechos, se convierte en el escenario perfecto para este diálogo íntimo. Es un lugar donde el pasado y el presente se entrelazan, donde cada rincón guarda secretos de amantes que, como ellos, encontraron en sus mesas un espacio para soñar y compartir sus anhelos más profundos.

Él inclina la cabeza, como quien saborea una pregunta antes de responder. Afuera, la lluvia sigue su danza frenética contra los adoquines, pero aquí dentro, el tiempo se pliega sobre sí mismo, como si la conversación tejiera su propia eternidad.

—Estrellas no… —repite él, jugando con la idea—. Pero notas musicales, sí.  Atraparía las notas de una canción, un valsecito que pudieramos bailar...Las atraparía en un pentagrama invisible y compondría una melodía que solo tú podrías escuchar. Una canción sin final, porque algunas almas necesitan música más que palabras.

Ella sonríe, pero su mirada se vuelve seria por un instante.

—¿Y tendrías paciencia con mis distracciones de disléxica? —pregunta, como si la respuesta fuera un mapa para orientarse en la tormenta de su mente—. A veces me pierdo en mis pensamientos, en los detalles que otros no ven, en caminos que no llevan a ninguna parte.

Él entrelaza sus dedos con los de ella, como si sostuviera algo frágil y sagrado.

—Te esperaría en cada desvío, en cada recodo de tus pensamientos. Caminaría a tu lado aunque el sendero no tuviera lógica alguna. Porque algunas almas no están hechas para seguir líneas rectas, sino para danzar en espirales.

Ella aprieta su mano, sintiendo la calidez de una promesa que no ha sido dicha, pero que flota entre ellos como un hechizo.

—¿Y me darías la libertad de un águila para volar alto? —su voz es apenas un susurro, pero en su tono hay una súplica velada, el miedo de quien ha conocido jaulas disfrazadas de abrazos.

Él la mira con la intensidad de quien comprende lo que significa amar sin cadenas.

—No solo te daría la libertad, sino que me aseguraría de que tu vuelo sea eterno. Porque algunos amores no son nidos… son cielos abiertos.

Ella cerró los ojos por un instante, dejando que sus palabras flotaran en el aire, como hojas mecidas por el viento. Cuántas veces le habían prometido libertad, solo para descubrir que era una cuerda larga, pero cuerda al fin. Cuántas veces había sentido el peso de miradas que la querían retener, domesticar su vuelo, recortar sus alas con la dulzura engañosa de la posesión. Pero en su voz, en la certeza con la que él hablaba, no había cadenas ocultas ni barrotes disfrazados de  falsas y egoistas caricias. Había horizonte. Y en ese horizonte, ella se vio volando alto, sin miedo, sin dudas, con el viento a su favor y la certeza de que, por primera vez, alguien no quería atraparla, sino verla surcar el cielo sin mirar atrás. Alguien incluso dispuesto a lanzarse al vacío junto a ella, para volar juntos y fluir con el viento, en las subidas y bajadas de la vida.

La Giralda respiraba con ellos. En la mesa, dos tazas de chocolate aún humean, testigos de un instante suspendido entre el pasado y el futuro. Afuera, la tormenta arrecia. Adentro, una historia comienza a escribirse en la piel de las memorias del olvido, o  que no sucedieron, o quizas si pero en   mundos paralelos.

-Deberías olvidarme,Ari, y buscar una novia de verdad... dejar de responder en tus sueños, a mis  preguntas,    o sentir mi voz en tu corazón creyendo que es la tuya propia pero que digo... debo ser yo quien debe buscar a alguien real. Pero algo me retiene aquí y despierta las ansias de escribir sobre nosotros, y un amor único.

-Yo     se, que tu existes, y un día, nos miraremos a los ojos y sabremos que esto es tan verdad como lo que hay ahí al otro lado del espejo. Te prometo, que cuando sepa tu nombre, iré a verte aunque sea a la Luna o el Polo Norte.

Es cierto, siempre olvido mi nombre cuando cruzo al otro lado...pero el me llamaba Maria... ignorando que María, era la mitad de mi nombre, como el era la otra mitad mía  y    yo le puse Ariel, porque de niña, cuando me acompañaba en la quimioterapia, me mostraba su don con los animales y las plantas,  para que olvidara el dolor,y Ariel era el angel de la naturaleza... aparte era noble y jugueton como un león, salvo cuando se ponía serio, y rugía, vaya si         rugía... Sobre todo cuando le tiraba de su pelo oscuro  y ondulado. y le decía te quiero susurrandole al oido.




La Biblioteca de los Espejos no es un lugar, es un estado del alma. ..

Geografía de tu ausencia

  Te amo desde el hueco que deja tu nombre cuando la tarde se queda sin voz. Te amo como ama la lluvia a la tierra que no responde, como...