María cruzó el umbral del espejo y se encontró en un sendero polvoriento que serpenteaba entre montañas imponentes.
María y Ariel, sonrientes, se sumergieron en una de ellas, dejando que el calor envolviera sus cuerpos cansados-
——¿Y si el propósito de la vida no fuera encontrar respuestas, sino aprender a hacer las preguntas correctas?
Ariel no respondió de inmediato. Solo la abrazó más fuerte, sabiendo que algunas preguntas no buscan respuestas, sino despertar las alas
Anochecía y acababan de llegar a un pequeño refugio de montaña, cerca de la localidad de Las Cuevas, donde el tiempo parecía haberse detenido. El lugar ofrecía una vista privilegiada del majestuoso Cerro Aconcagua, la cumbre más alta de América. El cielo, despejado y profundo, prometía una noche estrellada inolvidable. Hacía frío, pero dentro del refugio, una chimenea crepitaba suavemente, brindando calor al ambiente. Habían sido casi 11 horas de intensa caminata...
Ariel preparó con destreza un mate humeante, mientras María disponía en un plato unas medialunas rellenas de pistacho y dulce de leche, una delicia que habían descubierto en una panadería local y sacó de otra mochila lo que había comprado en Las Cuevas....
—"María, ¿te das cuenta de lo que hiciste? ¡Compraste choripanes con chimichurri, tamales de cerdo, y empanadas de res! Menos mal que esas no tienen cerdo… ¡Sos una pelotuda, con todo el amor del
mundo! ¡Vete al carajo, jajaja! Y mirá que yo soy judío, ¡pero igual me encanta todo! Menos mal que no soy tan ortodoxo con el kashrut, si no estaría mandándote al infierno por todo esto. ¿Vos querés que me condene o qué? ¡No me pongáis esa carita, eh! Dame un besito...
Se sentaron juntos junto al fuego, compartiendo sorbos de mate, choripanes y demás viandas asi como los bocados dulces que
reconfortaban el alma.
La noche avanzó entre palabras y silencios compartidos, mientras el fuego menguaba y las estrellas parecían acercarse para escuchar sus confidencias.
De repente, un leve ruido en la puerta los hizo sobresaltarse.
Ariel se levantó con suavidad y, al abrir, encontró a un pequeño zorrito andino, de ojos brillantes y curiosos, que los observaba desde el umbral.
Sin pensarlo dos veces, María tomó un trocito de medialuna y se lo
ofreció con dulzura.
El zorrito, tras un instante de duda, se acercó y aceptó el regalo, moviendo la cola con tímida gratitud. El ultimo choripan, fue para el pequeño visitante...El pequeño visitante se quedó con ellos, acurrucado cerca del fuego, como un espíritu de la montaña que había venido a bendecir su encuentro. Se metió bajo la cama...
La conversación fluyó naturalmente hacia las preguntas que siempre los habían inquietado.
—Ariel, ¿crees que nuestras vidas tienen un propósito predeterminado o somos arquitectos de nuestro propio destino?
Él la miró con ternura y respondió:
—Quizás sea una danza entre ambos. Nacemos con ciertas inclinaciones, pero cada elección que hacemos teje el tapiz de nuestra existencia.
María asintió, reflexionando.
Luego, levantó la vista hacia el cielo estrellado visible por la ventana y susurró:
—Cuando contemplo la inmensidad del universo, me siento tan pequeña... ¿Cómo encontramos significado en medio de tanta vastedad?
Ariel sonrió y, tomando su mano, dijo:
—Si da vertigo... ahora vení, acurrucate aquí conmigo en el saco, junto a la chimenea, que el frío afuera no importa nada. Y mientras la brisa golpea las montañas, te quiero recordar que el significado no está en la magnitud, sino en la intensidad con la que vivimos cada momento, en las conexiones que forjamos y en el amor que compartimos.
Mientras la besaba en el cuello, sus manos bajaban despacio el pantalón, el aire parecía volverse más espeso y lleno de deseo. María sonrió, con picardía en su rostro, y le dijo:
—"Ya veo que estás conectando conmigo y compartiendo... Pero sabes, tengo algo que decirte y es importante..."
Ariel, sin dejar de acariciarla, la miró curioso, aún con esa sonrisa traviesa en su rostro, mientras ella continuaba:
—"Estoy embarazada… No sé cómo, pero ocurrió el milagro… como tú dijiste…"
La mirada de Ariel cambió al instante, sus ojos se llenaron de emoción, amor y sorpresa. Se quedó sin palabras, y sin poder resistirlo más, la abrazó con una fuerza delicada, como si quisiera que nada ni nadie pudiera separarlos. En ese abrazo, el universo pareció detenerse por un instante, como si el propio destino les hubiera regalado este milagro.
Aquella noche, hicieron el amor despacio, suave, como si el tiempo no existiera, cada caricia llena de ternura, de ese amor profundo que se da sin prisas, sin juicios. Fue tan intenso y tan puro, que parecía que los ángeles se estremecían con cada suspiro, y las montañas que los rodeaban temblaban con el eco de sus corazones latiendo como uno solo. La conexión fue tan real, tan poderosa, que hasta las estrellas parecían brillar con más fuerza en el cielo nocturno. No era solo un encuentro de cuerpos, sino una unión de almas que habían viajado por siglos para encontrarse en ese mismo rincón del universo.
A medida que el fuego se apagaba y la noche se desvanecía, el calor de sus cuerpos abrazados mantenía la calidez de un amor eterno, que trascendía las fronteras del tiempo y el espacio. María descansaba sobre el pecho de Ariel, ambos profundamente conectados, mientras el suave murmullo de la montaña a lo lejos les susurraba secretos olvidados.
Cada respiración era una sinfonía compartida, un pacto invisible que los unía más allá de las palabras. El sol, tímido aún, se desperezaba, pero ellos ya se habían elevado mucho antes, hacia un espacio sin tiempo, un rincón en el que nada importaba más que el momento perfecto en que se fundían, con la certeza de que todo lo demás era solo una sombra lejana.
—"¿No te da vergüenza, Ariel?" dijo María entre risas, levantándose lentamente y mirándolo con picardía. "No se te puede dar choripán por las noches, ¡de lo que se come se cría! Jajajaja."
Ariel soltó una carcajada y, con un brillo en los ojos, respondió, mientras la tomaba de la cintura: "¿Y qué querés, mi amor? Yo soy de los que disfrutan de cada bocado... Y si ese bocado eres vos, no me quejo. Pero, si lo preferís, podemos cambiar el menú...
El calor de la madrugada seguía envolviéndolos, sus cuerpos entrelazados en una danza silenciosa de deseo y cercanía. Cada respiración era un roce suave, cada movimiento, un vaivén perfecto entre dos seres que se habían perdido y encontrado en la misma caricia. Los gemidos de María fluían como susurros en la penumbra, un eco que se fundía con la suavidad de la piel de Ariel, mientras su cuerpo se deslizaba sobre ella, sin prisa, disfrutando cada centímetro de su piel.
Pero en medio de su vorágine de placer, un sonido extraño cortó la quietud del momento, un ruido lejano que hizo que Ariel se apartara suavemente, sin querer interrumpir la conexión, pero consciente de la fragilidad del mundo exterior. Con una sonrisa cómplice, murmuró:
—"Un segundo, amor, déjame ver qué es eso."
María, aún embriagada por la intensidad de su contacto, lo miró alejarse, con la piel caliente y los sentidos al límite, sintiendo cómo su cuerpo se erguía, anticipando ya el próximo encuentro, el siguiente roce. No era solo el amor lo que los unía, sino un deseo profundo, físico, que transformaba cada instante en un viaje en el que no había lugar para el miedo ni para las dudas.
En ese preciso instante, el amanecer rompió sobre los Andes, bañando las montañas con un dorado intenso. El primer rayo de sol iluminó el refugio, como una promesa silenciosa de que lo mejor aún estaba por llegar. Pero lo que realmente los envolvía no era la luz del día, sino el calor de su amor compartido, ese calor que no solo provenía del fuego que consumía la chimenea, sino de la llama que ardía entre sus cuerpos.
El amanecer comenzó a filtrarse por la ventana, un rayo de sol acariciando las montañas, bañando el refugio en una luz dorada. La primera luz del día era tan suave, tan pura, como el amor que compartían. Sin prisa, sin palabras, Ariel acarició el cabello de María, sintiendo cómo su respiración se sincronizaba con la de ella, aspiró aquel profundo olor a jazmines que le hacía perder el sentido. El perfume que ella usaba a diario, ese White Linen de Estée Lauder que él le había regalado, era como un susurro del alma, una esencia que le transportaba a la fragancia de un jardín secreto en el que, entre jazmines y flores blancas, se desvanecían los límites entre el cuerpo y el alma, entre el cielo y la tierra. La mañana con su luz los envolvía, con la promesa silenciosa de que, mientras estuvieran juntos, no habría oscuridad que pudiera separarlos.
—"Mirá..." murmuró él, señalando hacia fuera.
María, levantó la mirada y vio el primer destello de la mañana sobre los Andes, las cumbres bañadas por un oro antiguo, como si el mundo despertara con ellos. La belleza del momento era tan abrumadora que casi dolía, y se abrazaron más fuerte, sin importar nada más que estar juntos, en ese instante perfecto, donde el universo entero parecía haber conspirado para darles ese regalo.
Un suave aleteo, casi imperceptible, llamó su atención. A través de la ventana, vieron un cóndor andino desplegar sus alas de casi tres metros y elevarse majestuosamente en el cielo. El ave planeaba con una gracia serena, desafiando las corrientes y las alturas. Ariel, observando la escena, susurró:
—Observa al cóndor, María. No teme a las alturas ni a los vientos inciertos. Se entrega al vacío con confianza, siendo plenamente él mismo. Así deberíamos vivir: sin miedo, abrazando nuestra esencia y confiando en las corrientes que nos llevan hacia nuestro destino.
—Es impresionante —dijo ella, mientras él la besaba en los labios.
Aquel momento, lleno de misticismo, los envolvía en una sensación de pertenencia al universo, como si todo lo que habían vivido y todo lo que vendría tuviera un propósito divino. Luego, Ariel se dirigió a la cocina del refugio, a por un humeante café con leche.
—Ari... hemos sido unos tontos —se rió, mirando a la zorra que había hecho su nido bajo la cama—. Era una zorrita... ha tenido cachorritos.
—Le haré un refugio en la leñera. Estará resguardada del frío y bien escondida —respondió Ariel, mientras se giraba para mirarla con ternura.
María lo observó con una sonrisa, pero en sus ojos brillaba algo más. Algo que la había estado acompañando durante toda la mañana. Se acercó a él, abrazándose a su pecho con fuerza.
—Esto... esto es como una señal del cielo... ¿verdad? —susurró, con la voz temblorosa, como si esa revelación la desbordara. Como si todo estuviera alineado para traerle ese milagro que creía imposible.
Ariel la miró, un brillo en sus ojos. No necesitaba palabras, solo sentir cómo sus corazones latían al unísono. La promesa de un amor que había ido más allá de todo lo imaginable.
—¿Lo recuerdas? Tú siempre tuviste fe... y yo también —dijo él, acariciando su rostro—. Tal vez este es el milagro del que hablamos.
Os dejo con una canción en exclusiva para las redes sociales de Ariel Povdrosky y María Soliña, Ecos de la Puna, con esos aires andinos.






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