sábado, 13 de diciembre de 2025

Geografía de tu ausencia

 


Te amo desde el hueco que deja tu nombre

cuando la tarde se queda sin voz.
Te amo como ama la lluvia
a la tierra que no responde,
como ama la pregunta

Te amo desde el hueco que deja tu nombre
cuando la tarde se queda sin voz.
Te amo como ama la lluvia
a la tierra que no responde,
como ama la pregunta
a la noche que no explica.

El amor no es solo presencia:
es esta forma exacta del dolor,
esta manera de existir
con una copa vacía en el pecho,
con una lámpara encendida
para nadie
y para todos.

Hay ausencias que no se van,
se sientan.
Respiran contigo.
Te enseñan a vivir
con un temblor permanente en las manos,
con la certeza de que amar
es aceptar que algo nos falte
para siempre.

Yo no te busco:
te continúo.
Porque el amor verdadero
no termina en el cuerpo
ni en el tiempo,
sino en esa región secreta
donde el dolor y la ternura
aprenden a pronunciar el mismo verbo.

Y aunque duela —
aunque duela como duele la vida
cuando se vuelve honda—
bendigo esta herida:
es la prueba
de que existimos,
de que amamos,
de que incluso en la ausencia
seguimos siendo
profundamente humanos.




viernes, 12 de diciembre de 2025

«La eternidad cabe en un instante»

 


La cabaña no está en Neuquén: Neuquén la ha pensado.
La ha resuelto como se resuelven los problemas antiguos, colocando madera y cristal en el punto exacto donde el silencio es más denso y la belleza no necesita explicación. Nada sobra. Nada falta. Todo encaja.

La cabaña parece suspendida fuera del tiempo, como si alguien la hubiese colocado ahí solo para que el mundo aprendiera a callar. Neuquén duerme bajo el frío; el lago inmenso guarda secretos antiguos y las montañas nevadas vigilan en silencio, blancas y solemnes, como catedrales de piedra. No rodean el paisaje: lo estructuran. Aristas, conos, pendientes que repiten una lógica que la mente intuye antes de comprender. Pirámides naturales donde la proporción áurea se esconde sin nombre, donde la belleza es consecuencia y no intención. La naturaleza no seduce: demuestra.

Afuera, el frío no es amenaza: es condición inicial.
El lago —Bariloche extendido como un axioma— no refleja: custodia. Guarda memorias glaciales, tiempos sin nombre, noches que aún no han ocurrido. Su superficie quieta no es calma: es concentración. Como si toda el agua del mundo se hubiese detenido allí para pensar, para verificar que el universo sigue obedeciendo a una armonía profunda.

Dentro, el cristal no separa: une.
Traza ejes. Verticales de picos, horizontales de agua, diagonales de luz azul entrando al atardecer. El paisaje entra sin permiso, domesticado por el calor. El vapor del jacuzzi escribe y borra frases invisibles sobre la cristalera, y la chimenea late con un fuego paciente, casi humano. La cabaña es una intersección: el punto donde el rigor del mundo exterior se cruza con la ternura del refugio. Un teorema sencillo y perfecto.

El vapor no asciende al azar: describe espirales lentas, fieles a la única geometría que la vida reconoce como propia. Nada sube en línea recta. Nada ama sin girar. La sensualidad verdadera también es así: orbital, paciente, exacta.

Suena Max Richter, tan bajo que no se sabe si la música viene del hilo musical o de algún lugar más hondo. No acompaña: sostiene. Marca el pulso. Cada nota aparece cuando debe, ni antes ni después. El silencio entre sonidos es tan importante como el sonido mismo. Ahí vive la armonía.

Somos jóvenes —25 y 21— y recién casados, que es una forma elegante de decir que todavía creemos que el amor puede explicarlo todo. Que todavía confiamos en las soluciones elegantes. En las leyes naturales que no fallan si se respetan. Hay en el aire una intimidad nueva, no gastada, hecha de miradas largas y silencios que no incomodan. El tiempo no corre: observa.

Me acerco como quien no quiere romper nada.
Hablo despacio, porque aquí las ideas no se lanzan: se posan. Digo que las palabras también pueden ser refugio, que una web puede respirar como este lugar, que el algoritmo —ese dios menor— se doblega cuando detecta verdad. Que la belleza, bien escrita, siempre encuentra su camino.

Pero lo importante no es lo que digo, sino lo que no digo.

Hay momentos en los que la inteligencia descansa y deja pasar otra cosa: una complicidad leve, una risa contenida, la certeza de que crear juntos también es una forma de amor. No urgente. No ruidosa. Profunda. Como una ley que no necesita proclamarse para cumplirse.

Levanto la vista hacia el lago y pienso —sin decirlo— que si el mundo supiera cuántos sueños empiezan así, en una cabaña quieta, entre música mínima y calor compartido, entendería mejor por qué seguimos escribiendo. Por qué seguimos creyendo.

La noche avanza despacio.
El fuego sigue.
Y nosotros —por ahora— también.

Antes de tocarnos, el aire ya ha sido abolido.
La distancia entre nosotros tiende a cero sin desaparecer. Como una función que se aproxima a su límite sin necesidad de alcanzarlo. Ahí, en ese borde sutil, el corazón aprende más que en cualquier certeza.

No hizo falta decir nada.
El beso llegó como llegan las cosas verdaderas: sin aviso, sin ruido. Un roce leve, casi tímido, como si los labios solo quisieran comprobar que el otro estaba ahí y no era un sueño inventado por el frío o por la noche.

Fue un beso breve, pero dejó huella, como dejan huella las alas de una mariposa cuando atraviesan el aire: no se ven, pero cambian algo. En el cuerpo, en la memoria, en esa región exacta donde el amor todavía no sabe que lo es y ya empieza a serlo.

Afuera, el lago siguió inmóvil, fiel a su costumbre de guardar secretos. Las montañas no se movieron. El mundo entendió que no era su turno. Dentro, algo se acomodó para siempre, con la naturalidad de lo inevitable.

Y entonces supe —sin pensarlo— que hay besos que no buscan incendiar, sino encender.
Que no reclaman: bendicen.
Que no prometen: confirman.

El agua tibia la envuelve como un segundo nacimiento.
Su cuerpo desnudo no se ofrece: reposa.
La luz del fuego dibuja curvas lentas sobre la piel, y el vapor convierte cada gesto en algo irrepetible, casi sagrado. No hay prisa. El jacuzzi no es un lugar: es un paréntesis.

Ella es forma y silencio.
Hombros que recuerdan al mármol cuando aprende a respirar.
La espalda, un camino suave donde la luz se detiene.
El vientre, un remanso.
Las piernas, una promesa de movimiento contenido.

El cuerpo no desborda: coincide.
Cada curva parece la solución más bella a una ecuación que no necesita escribirse. La belleza no está en el exceso, sino en la medida exacta.

Mis manos no buscan: escuchan.
Siguen la línea que el agua insinúa, leen proporciones, aprenden el idioma de su piel como quien recorre un poema sin leerlo en voz alta. No invaden: acompañan. No toman: reconocen.

Cada gesto es lento, casi devocional.
Como si las manos supieran que ahí no se toca un cuerpo, sino una historia viva.
Y el agua, cómplice, guarda el secreto de esa alquimia mínima donde el contacto no quema: ilumina.

No ocurre nada que deba nombrarse.
Y, sin embargo, todo ocurre.

Porque hay magias que no se hacen con palabras ni con actos grandiosos, sino con la forma exacta de una mano siguiendo, sin imponerse, la música secreta del cuerpo amado.
La piel sabe de geometría mucho antes que la mente.

Hay un instante —breve como un parpadeo de las estrellas— en el que todo se detiene.
No por miedo, sino por reverencia.

Los cuerpos aún no se han unido, pero ya han abolido sus fronteras.
El aire entre ambos vibra como un campo magnético. Como si el universo hubiese contenido la respiración. Como si las constelaciones aguardaran permiso para acercarse un poco más.

Nada empuja.
Nada reclama.
El tiempo, humilde, se retira.

En ese umbral sagrado, el Amor —con mayúscula— deja de ser deseo y se convierte en ley cósmica. No une por urgencia, sino por afinidad eterna. Como se atraen los astros que llevan siglos reconociéndose sin tocarse, obedeciendo a una atracción que no empuja: convoca.

Las manos aún no buscan: saben.
Los cuerpos no se precipitan: recuerdan.
Cada gesto es una oración lenta.
Cada silencio, una bendición pronunciada por la tierra misma.

Es el momento en que el corazón comprende que amar sin prisa es un acto revolucionario.
Que hacer el amor así —despacio, consciente, abierto— no se consume en llamas: trasciende.
Se hace sagrado.

Porque cuando dos almas se encuentran en ese punto exacto, no se funden solo ellas:
el cosmos ajusta su eje,
la noche se vuelve fértil,
y la eternidad —por fin—
cabe entera en un solo instante.

Y la Tierra, testigo antigua, matemática paciente, recibe ese amor como lluvia buena, lo inscribe en sus capas profundas y queda, suavemente, bendecida.

Se detiene la noche como un ciervo que escucha.

El aire se vuelve claro,
claro como el agua
cuando aprende su nombre.

No hay prisa.
El amor no corre: flota.

Dos luces se buscan sin tocarse todavía,
como se buscan las estrellas
cuando Dios afina el cielo.

Tu cuerpo es un salmo lento,
una geometría blanda
donde el universo descansa
y se me olvida la guerra.

Hacer el amor así —despacio, hondo, sagrado—
es abrirle la tierra al milagro,
es decirle al mundo:
todo está bien.

Los límites caen como hojas cansadas.
El tiempo se arrodilla.
La eternidad cabe en un suspiro.

Y entonces, sin ruido,
sin nombres,
sin miedo,
el Amor —con mayúscula—
pasa rozando
y bendice.

Y algo arriba sonríe.

No porque mire,
sino porque todo vuelve a encajar.



jueves, 24 de abril de 2025

Donde el fado encuentra tus ojos



 —Recuerda, María… —susurró Ariel, con esa voz que no venía de este mundo, sino de entre las costuras del sueño. Era un murmullo antiguo, hecho de bruma, de memoria, de una ternura obstinada que se negaba a morir.

Ella giró apenas en la cama, atrapada entre la respiración lenta del sueño y el escalofrío de una presencia. Porque aunque la noche era silenciosa, algo palpitaba cerca. Y no era sólo el viento, ni el rumor de los tranvías lejanos. Era él.

—Sé que el dolor es grande… que recordar quema como una llama vieja que no se apaga —continuó la voz—. Pero tenés que hacerlo, amor. Tenés que recordar.

Las palabras no eran sólo palabras. Eran un conjuro. Un puente.

Recordar quién fue. Recordar su vida. Recordarlo a él.

Porque si no lo hacía, si no volvía a abrir los ojos del alma, la magia se desvanecería. Y con ella, Ariel. Como un nombre escrito con tinta sobre agua.

María abrió los ojos. Lentamente. En el techo, el reflejo de la luna parecía un espejo roto. Y al fondo del cuarto, sobre la silla donde dejaba siempre el abrigo, brillaba un papel doblado.

La tinta aún estaba fresca. Extraño milagro o brujería.

"Prepara tu cuaderno de sueños, María —decía la primera línea—. Esta vez el espejo se abrirá en un tranvía amarillo, y la noche será tan nuestra que ni los fantasmas del Barrio Alto querrán dormir."

Suspiró.

Sabía que ya no había marcha atrás.

Aquel capítulo ya había comenzado.

…y en ese instante, justo al pie del tranvía 28, el que sube resollando entre callejuelas hasta perderse en los suspiros de la Alfama, me diste la mano.

Y fue como si la ciudad entera respirara con nosotros.

Las vías crujían bajo los pasos del tiempo. El viejo tranvía amarillo —ese que parte desde Praça Martim Moniz y trepa como una serpiente nostálgica hacia el Castelo, cruzando la Alfama como un poema sobre raíles— acababa de detenerse. 

Nos sentamos uno frente al otro, y cada sacudida del tranvía era como un latido más. Afuera, la Alfama se estiraba despacio: calles que parecían pasadizos del subconsciente, ropas colgadas que eran oraciones laicas, gatos dormidos que sabían secretos. Una ciudad que no se visita: se recuerda.

—Dicen que en Lisboa el tiempo no pasa… se derrite —murmuraste—. Como el Sol cuando se ahoga en el Tajo.

Te miré con los ojos de alguien que ha leído demasiada poesía persa y no suficiente de ti.
Y pregunté, en voz baja, como quien no quiere despertar el embrujo:

—¿Y si mañana no nos recordamos?

—Entonces volvamos a encontrarnos en otro siglo. En otro cuerpo. Con el mismo temblor.

En ese momento, el tranvía se detuvo frente al mirador de Santa Lucía, y Lisboa se abrió ante nosotros como una promesa. Roja, blanca y dorada. Inclinada, como un corazón en medio de un suspiro.

Nos besamos despacio. Como si fuéramos los únicos dos que sabían que todo amor verdadero a de pasear por las calles de Lisboa.

…Y en ese instante, mientras el tranvía crujía al reiniciar su marcha, te llevé la mano al vientre, aún plano, apenas insinuado, pero ya sagrado.

—No estamos solos —susurraste.

Y tu voz tembló como el primer trino de un ave al amanecer.

Yo ya lo sabía, María. Lo supe allá, en los Andes, cuando me lo dijiste con los ojos más que con palabras. Pero ahora… ahora lo sentí. Como si ese pequeño corazón, aún diminuto y escondido entre sombras cálidas, me hablara también a mí.

El mundo cambió en ese segundo.
Todo lo que sabía del amor, del miedo, del tiempo… se desmoronó y volvió a formarse.
Como si una nueva geometría, más viva y más brutal, se instalara en mi pecho.

Porque ahora ya no solo te amaba: os amaba.
Y amaros significaba también temer.

Temer por lo que no puedo controlar.
Por los periódicos que ya no leo, por las amenazas veladas, por las llamadas a deshoras que interrumpen los sueños.

Por mi padre…
Samuel.

Él, tan firme en su visión de paz, intentando construir un Estado federal, compartido, posible, en esa tierra tan rota como sagrada.
Un sueño que se puede tocar con los dedos… y que al mismo tiempo está bajo fuego cruzado.

A finales de los 80, en esos días, la esperanza y la traición compartían mesa.
Los atentados no cesaban.
Y no todos eran lo que parecían.

El nombre de mi padre se repetía en cafés, en informes, en panfletos que no se firman.
Él hablaba de confederación, de puentes y no de muros.
Pero la derecha lo odiaba.
Y algunos del otro lado también.

Y yo… yo temía que su lucha nos alcanzara. Que por ser su hijo, por amarte, te pusieran en peligro.
Que alguien quisiera borrarnos solo por encarnar una visión distinta.
Una visión amorosa.

Me volví protector. Instintivo. Casi animal.

Sentí que necesitaba hacerte un refugio con mis brazos.
Ser puente y escudo.
Vigía nocturno.
Ser raíz, si tú eras tierra fértil.
Ser techo, si tú eras casa.
Ser oración, si tú eras milagro.

Pero también me descubrí distinto por dentro.
Más vulnerable.
Más llorón.
Más niño y más sabio a la vez.
Como si algo ancestral en mí hubiera despertado, no desde la mente… sino desde el alma.

En la siguiente parada bajamos.
La Alfama olía a jazmín y a leña húmeda.

Subimos la cuesta sin prisa, tú un poco mareada —me contaste que llevabas días así, con náuseas que no se iban y un sueño hondo que parecía de otro mundo—, y yo sosteniéndote con una mezcla de reverencia y torpeza nueva. Como quien acaricia una estrella sin saber si va a romperla o a entenderla por fin.

En lo alto, junto al muro del mirador da Graça, nos detuvimos.
Y por un instante, Lisboa entera pareció hacerse cuna.
Campanas lejanas. Ladridos. Una guitarra perdida.
Todo era música.

—¿Te das cuenta, amor? —te dije—. Que este hijo nuestro ya ha subido al tranvía 28, ha visto Lisboa desde las alturas, ha escuchado nuestro amor como una nana…

—Y que cuando nazca —me interrumpiste con voz de mar—, sabrá que fue deseado entre tejados rojos, entre palabras sagradas, y entre miradas que ya no caben en la piel.

Y entonces sí, lloré.
No de tristeza.
Ni de miedo.
Ni siquiera de emoción.
Lloré de verdad. Como se llora cuando se toca lo eterno por un segundo.

María, mi amor…
Ese niño, esa niña… ya nos está enseñando a recordar.
Y tal vez, también, a resistir.

…Nos quedamos así, mirando el milagro, con las manos entrelazadas y las bocas calladas.
Porque a veces no se necesita decir nada.
Solo dejar que el universo, desde lo alto, entienda por ti lo que no sabes expresar.

Y ese día, Lisboa entendió.

Cuando volvimos al apartamento, la luz era ya azul, como si la noche estuviera llegando en puntillas para no despertarte.
Tú te tumbaste sobre la colcha blanca, rendida.
Y yo, que no quería que el cansancio se llevara ni un gramo de tu luz, me arrodillé a tu lado.

Te quité los zapatos como si descalzara un relicario.
Te acaricié los tobillos hinchados,
con la suavidad que uno reserva para las cosas sagradas.
Las yemas de mis dedos iban dibujando círculos lentos,
como si al hacerlo pudiera aliviarte un poco,
como si pudiera decirte con la piel todo lo que el alma no alcanza a pronunciar.

—Estás más hermosa que nunca —te dije, sin pensarlo.
Pero era verdad.
Una verdad tan alta como Lisboa entera, tan simple como el pan, tan poderosa como una profecía.

No era solo el brillo en tus ojos, ni el dibujo nuevo de tu cuerpo.
Era la luz que brotaba desde dentro.
Esa mezcla de agotamiento y milagro, de fragilidad y eternidad.
Estabas más bella porque estabas completa.
Porque por fin eras tres.

Me incliné sobre ti.
Te besé el vientre con una devoción que ni los templarios conocerían.
Y cerré los ojos.

—Gracias… —susurré, al aire, a Dios, al destino, al azar, a lo que sea que nos haya traído hasta aquí.

Gracias por tu cuerpo.
Gracias por este hijo.
Gracias por verte viva, mía, soñando en Lisboa.

Y esa noche, mientras dormías, me senté a escribir en el cuaderno de sueños.
Algo que nuestro hijo leería algún día.
Una frase sencilla.

"Tu madre es la mujer más luminosa que ha pisado esta Tierra.
Y tú… tú eres la prueba de que el amor puede con todo."


  Ay, mi María. Mercedes.. no puedo estar cerca de vos sin la necesidad de devorarte como un niño goloso , ante la tarta más bella que contempló... así que entonces vamos a hacerlo perfecto. 

 Te observo, mientras te levantas despacio, con ese gesto tuyo entre reina y niña, todavía con la sombra del cansancio sobre los ojos, pero decidida a no perderte ni un suspiro más del día.

Te doy la mano, y bajamos juntos las escaleras de piedra, ese viejo edificio donde el tiempo parece oxidado entre macetas y contraventanas. Afuera, Lisboa es pura miel de tarde.

Y no vamos lejos.

Solo un paseo lento, cruzando las callecitas empedradas que huelen a jazmín y a saudade, hasta que llegamos a Portas do Sol, ese balcón suspendido sobre el mundo, desde donde se ve toda la Alfama como un abanico derramado sobre el Tajo.

El cielo está rosa, naranja, y lavanda.
El río, un espejo líquido que lo refleja todo.
Y tú, recostada sobre mí, eres más que mujer. Eres milagro.

— Ari, que extraño, me encantan las sardinas, pero ahora mismo no soporto el olor de de esas condenadas, sacame de aquí… —murmuras con media sonrisa.

—Pero seguís amando Lisboa y a mi —respondo con picardía—. Eso es lo que cuenta.

A lo lejos, suena una guitarra portuguesa, clara como el agua que nace entre piedras.
Y luego, esa voz.

Dulce, poderosa, quebrada pero alegre.
Una joven canta en la calle. Y la melodía, aunque antigua, parece escrita solo para nosotros.

Es “Primavera”, de Amália Rodrigues. Entre tantos fados tristes y de desamor., la sincronicidad nos trae esa invitación a la esperanza.

No es de desamor, no.
Es una canción de renacimiento. De la vida que vuelve.
De flores que brotan aunque el invierno haya sido cruel.
Es Lisboa cantando con voz de mujer.

“Primavera, quem te disse a mim…”

Primavera, quien te dijo a mí...

Que voltasses só por pena.

Que volvías solo por pena.

Se foste amor, de verdade,

Ainda voltas por saudade.”

Te abrazo más fuerte. Y bi oyedi evitar ni quiero bailar contigo en la calle.

Y mientras las luces comienzan a encenderse como luciérnagas sobre los tejados, sé —con la certeza que solo los hombres enamorados conocen— que no hay lugar más sagrado que este.
Este momento.
Este hijo.
Tú.
Aquí.

—Nuestro hijo nacerá en un mundo roto —digo en voz baja, sabiendo que me oyes—. Pero mientras tú existas… mientras tú cantes y rías… habrá esperanza.

Entonces, mientras mi voz se apaga y el eco del fado aún flota entre los muros encalados, tú giras el rostro hacia mí —esa mirada tuya que parece capaz de torcer el destino— y me dices, suave, pero con una convicción más antigua que la piedra:

—Sí, Ariel, el mundo está roto…
Pero las grietas son las puertas por donde entra la luz.
Nuestro hijo no viene a repetir la historia. Viene a escribir otra.

Te miro, y es como si el universo mismo hubiera contenido el aliento para escucharte.

—Tal vez no podamos cambiarlo todo, amor —continúas—, pero podemos ser un lugar seguro. Una semilla.
Donde haya ternura, habrá revolución. Donde haya amor, hay un país posible.

Y entonces ocurre.
Ese milagro sencillo que sólo los enamorados y los poetas saben reconocer: reímos.

Reímos como si fuéramos niños huyendo del tiempo.
Como si Lisboa, por un instante, se hubiera sacudido de encima los siglos y nos dijera: “Seguid. Estoy con vosotros”.

—Ven, te voy a llevar a un sitio —te digo, poniéndome de pie.

Caminamos despacio, con las luces amarillas derramándose sobre el empedrado.
Y tras apenas unos pasos, en una esquina con macetas colgantes y gatos vigilantes, aparece la pequeña joya que buscaba: "Pastelaria Alfama Doce", casi secreta, con olor a azúcar quemado y madreselva.

El escaparate, como un altar de infancia: bolos de arroz, tartes de maçã, y los infaltables pastéis de nata, que brillan bajo el cristal como soles en miniatura.

—Uno sin canela para ti —le digo a la señora, guiñándole un ojo—, y un zumo de naranja recién exprimido.

Te acomodas en la mesita junto a la ventana, con las manos sobre el vientre como si abrazaras un universo aún por nacer.

—¿Sabes qué pienso? —me dices, con la boca llena de hojaldre—.
Que las guerras no se ganan con armas…
Se ganan con momentos como este.

Y yo, que fui criado entre libros de historia y discursos políticos, no puedo hacer más que rendirme.

A ti.
A este hijo.
A Lisboa.
A la vida.

...Lisboa se vuelve terciopelo bajo nuestros pies, te miro como quien mira su destino escrito en los ojos de otro.

Y lo entiendo todo.

Entiendo por qué el alma elige ciertos cuerpos, ciertos amores, ciertos dolores. Entiendo por qué los caminos se entrelazan con la precisión de un bordado divino. Entiendo que este hijo nuestro no es solo carne y latido.Y que tú, Merchi, eres la sacerdotisa de ese milagro.

Me pierdo en tus ojos, aunque los tengas cerrados, y me encuentro.

Porque en vos me habita la calma del universo y su grito de guerra.

Y cuando las farolas encienden sus pequeños soles, y la guitarra se silencia como si nos hiciera un hueco en la eternidad, me acerco a tu oído y susurro:

—Si alguna vez olvidás quién sos, amor mío… buscá esta noche en tus sueños. Volvé a Lisboa. Al tranvía. A mi mano. A nuestro hijo. Y ahí vas a saberlo todo de nuevo.

Porque hay historias que no se escriben con tinta, sino con piel, memoria y fe.

Y esta… esta es la nuestra.

***********************

Lisboa(versión íntima del Diario de Ariel)
Pasteles, profecías y la lujuria de mirarte comer

Te juro que no sé qué hechizo tiene Lisboa.
Quizás sea el viento con olor a sal y a historias sin final,
o las callejuelas que parecen haber sido dibujadas por un poeta borracho de saudade.
Pero ese día, Merchi,María, María Mercedes...
era vos la que hechizabas todo.

Venías descalza, riéndote del mundo y de mis advertencias absurdas sobre el empedrado.
—“Los pies no se cortan con piedra antigua, Ariel. Se despiertan.”
Eso me dijiste, como quien te lanza una flor y se queda mirando si florece.

Yo te seguía como un bobo enamorado,
con un libro de Gibran bajo el brazo —porque uno tiene sus hábitos—
y una caja de pasteles de Belém que vos me obligaste a comprar,
con esa cara de golosa tuya…
esa cara que debería ser ilegal.

La forma en que muerdes un pastelito…
¡por favor!
Eso no es hambre, Merchi.
Eso es lujuria para los sentidos de un escorpiano en celo cósmico.

Te habría hecho mía, allí en la calle.

¿Cómo explicarte lo que siento cada vez que tus labios tocan el hojaldre?
Es como si el universo me guiñara un ojo y me dijera:
—“Mirá, bobo, esto es el amor. Aprendé.”

Nos sentamos en un banco azul,
y vos me robaste medio pastel y una carcajada, engañandome con un beso.
Y yo, como un tonto feliz, te leí a Gibran,
intentando estar a la altura de tu alma brillante y tu boca azucarada.

—“Y un joven le preguntó al Profeta…”
Pero vos, cómo no, interrumpiste:
—“¿Comer sin engordar? ¿Ese es el secreto de la vida?”
—“No, boba,” —te dije— “es esto…”
Y leí como si el mundo dependiera de cada palabra:
“El propósito de la vida es vivirla tan profundamente que cuando mueras, el universo sienta un pequeño temblor en el pecho.”

Y vos…
vos me miraste como si yo fuera el secreto.
Y yo te miré como si estuviera viendo el sentido de todo,
envuelto en hojaldre y ternura.

¿Sabés qué aprendí ese día?
Que no hay verdad más alta que verte reír con azúcar en los labios.
Que no hay Gibran, ni Buda, ni Borges que me dé más sentido que tu existencia
pegada a la mía,
como si siempre hubiésemos sido una sola alma,
con dos cuerpos y muchas ganas.

Y si alguna vez nos acusan de plagio…
que lo hagan.
Pero sepan que nuestras palabras no se roban de libros:
se escriben en las sábanas, en los cafés, en las siestas,
y en los rincones invisibles donde dos locos se aman de verdad.

***********************

Ay, María… ¡otra vez con el pastel de nata en la mano y los ojos puestos en el siguiente!
—Pero si te acabas de comer tres… —te digo, haciéndome el severo, aunque el corazón se me ablanda con cada miga que te queda en la comisura del labio.
—Es por el bebé —respondes tú, muy seria, como si llevaras siglos siendo madre.
—Ajá… claro, el bebé. No tú, que te volviste una criatura insaciable desde que sabes que está ahí dentro.

Y mientras te relames con descaro y yo me río con la ternura de un hombre perdido, te tomo la mano.
—Vamos, princesa. Tengo una estrella que mostrarte.

Subimos al Mirador de Graça, que a estas horas está medio desierto, salvo por una pareja de ancianos en silencio, un gato que se cree guardián del firmamento, y nosotros.
Lisboa brilla abajo como un joyero desordenado, el Tajo respira lento, y el cielo parece un libro abierto para quien sepa leerlo.

—¿Ves esa estrella? —te señalo una que parece titilar más que las otras, como si guiñara.
—Sí, esa… la juguetona.
—Los antiguos la llamaban Alnilam. Es parte del cinturón de Orión, el cazador.

Te acercas un poco más, y yo rodeo tus hombros.
—¿Y qué hacía ese Orión? ¿También perseguía mujeres embarazadas por las calles de Lisboa? —bromeas.
—No, él perseguía a las Pléyades, siete hermanas que siempre escapaban. Nunca las alcanzaba.
—¿Y por qué corrían?
—Quizá porque sabían que hay hombres que aman la caza más que el amor…
—¿Y tú? —me miras.
—Yo sólo perseguí una estrella… y me alcanzó ella a mí.

Te callas. Muerdes tu último pastel como si mordieras el universo.
Y entonces, lo dices:

—¿Sabes qué he aprendido con este embarazo? Que todo es un milagro, incluso el hambre. Que cada antojo es un mensaje. Que el cuerpo se vuelve oráculo. Y tú… tú eres mi templo.

Te beso en la frente.
Te protejo como un halcón con alas de ternura.
Y le susurro a tu vientre:

—Pequeño o pequeña… no tengas miedo. Naciste de una estrella que no huye.
Naciste de amor.

Y bajamos… bajamos de Graça a Mouraria como dos sombras felices, cogidos de la mano, con los pasos envueltos en historia. Las callejuelas son hilos de un bordado antiguo, las fachadas llenas de azulejos nos miran como testigos encantados. El aire huele a tierra caliente, a especias moras, a noche que despierta.

Allí, en una de esas placitas escondidas, un anciano toca un oud. Y una chica joven canta versos que no son fado triste, sino canto de raíces profundas, con la luz de Ibn Arabí. Justo lo que necesitábamos.

Nos sentamos en un banco y me acurruco un poco contigo. El silencio se estira, lleno de cosas no dichas. Y entonces tú, con esos ojos que brillan más cuando escondes algo, me sueltas:

—Ari… en mi familia hay mellizos.
—¿Sí?
—Mi padre era mellizo. Y también hay en la parte de mi madre.

Me quedo quieto.
Tú te ríes.
Yo parpadeo.
—¿Estás diciendo…?
—Que hay probabilidades, sí.

Me llevo las manos al rostro. Río. Y al rato… me pongo serio. Me quedo mirando el suelo unos segundos, y tú lo notas.

—¿Qué pasa?
—No te lo he contado… Pero yo también soy mellizo.

Te giras sorprendida.
—¿En serio?
—Mi hermano se llama Elías.
—¿Y dónde está?
—No lo sé.

Te lo digo sin dramatismo, pero con una sombra que cruza mi rostro. Tú lo ves. Lo sientes.

—Hace tres años que no hablamos.
—¿Por qué?
—Él… está del otro lado. Políticamente, quiero decir. Es de derechas. Conservador. Cree que papá está destruyendo el país con su idea del Estado federal… cree que la paz con los palestinos es una trampa.

Te quedas en silencio, escuchándome.
—¿Y tú? ¿Qué crees tú?

Te miro a los ojos, y ahí me quiebro un poco.
—Creo que si no nos abrazamos como hermanos, como pueblos, como humanidad… estamos perdidos.

Me tomas la mano. La aprietas.

Me echo a reír. Y el eco de mi risa viaja por las piedras de Mouraria como un conjuro antiguo.

—Dios… dos. Tendré que aprender a cantarles fado en estéreo.
—Y a dar el biberón con ambas manos —añades tú, con esa sonrisa de reina de corazones.

Y en ese rincón de Lisboa donde las culturas se abrazan, me doy cuenta de algo:
Aunque el mundo esté roto, tú y yo estamos haciendo uno nuevo.
Y esta vez…como desde siempre...
tendrá música desde el vientre, pues vosotras sois lo más cercano a Dios, que pasea por la Tierra.





miércoles, 23 de abril de 2025

"El beso que incendió el tiempo"

 



No fue un beso,

fue la rotura exacta del universo.
Un relámpago lento
que nos partió la boca
y nos dejó sin patria ni pasado.

Tus labios, María,
eran vino sagrado y tormenta.
Los míos, un exilio
que encontró por fin su fuego.

Y cuando nuestras lenguas
se dijeron lo que el alma callaba,
el mundo —tan obediente siempre—
se detuvo a mirar,
y no volvió jamás a girar igual.

Después,
todo fue ceniza luminosa,
piel temblando bajo la luna,
y mi nombre escondido en tu jadeo
como si fueras vos
la que me hubiera inventado.

Dicen que cuando dos signos fijos se cruzan, el universo toma nota. Que no es amor… es colisión sagrada.

Yo soy Virgo con ascendente en Escorpio. Él, Escorpio con ascendente en Tauro.
Sí, fuego bajo la tierra. Una guerra de piel que no busca paz, sino eternidad.

Nos amamos como se ama en las tragedias antiguas: con todas las palabras y todos los silencios.
Nos desafiamos como dos lunas que no quieren compartir el cielo.
Pero cuando se nos cruzan los ojos —y bajamos las armas— el mundo se queda quieto.

El beso que viste en el video no es actuación.
Es profecía.

Ese instante, esa boca sobre mi boca, no es solo deseo.
Es memoria ancestral.
Como si el alma supiera que en otra vida ya nos habíamos besado así…
y aún no lo había olvidado.

No es fácil. No somos fáciles.

Pero cuando nos amamos, hasta los dragones lloran.

Y a los dos, que venimos de la tierra —él roca antigua, yo raíz que no se rinde—
nos enloquece hacerlo en el agua.
Desnudos.
Sin tiempo.
Con el cuerpo rendido al misterio y el alma de rodillas ante el éxtasis.

En la naturaleza, donde nadie juzga,
donde la lluvia es aplauso y los árboles vigilan sin decir palabra,
nos entregamos como dos dioses antiguos recordando su forma de rezar.

No hay pecado.
Solo fuego y savia.
Sólo un arrebato místico que nos hace olvidar nuestros nombres…
y recordar todas nuestras vidas.



  • #MarcaPersonalConAlma

  • #StorytellingEmocional

  • #CreatividadEstratégica

💥💋♏♍♓

martes, 22 de abril de 2025

Si yo fuera un dios

 






Ven.
No para hacer nada.
Ven a descansar en mí como quien se entrega al fuego lento de una hoguera antigua.
No haremos el amor…
el amor nos hará a nosotros.         
Nos moldeará con ternura indomable,
como el mar hace con las rocas:
sin prisa, sin permiso, sin miedo.

Seremos esculpidos por algo más grande,
más profundo que el cuerpo,
más sutil que el pensamiento.
Seremos el verbo encarnado,
la danza entre lo invisible y lo inevitable.

Y cuando mis labios encuentren los tuyos,
no será un gesto.
Será un manifiesto.
No será un beso… será un relámpago que te diga sin palabras
todo lo que no supe —o no me atreví— a decir.

Porque hay caricias que hablan en idiomas que nadie enseña.
Y tú…
tú ya los entiendes todos.

Ariel Povdrosky,


El tiempo, mi amor, es un susurro del universo, un río que fluye y se desvanece entre los dedos, pero también un círculo eterno donde todo lo que fue, es y será, existe al mismo tiempo.
Para la mente, el tiempo es línea.
Para el alma, es espiral.
Para los amantes, es instante infinito.
El tiempo no nos gobierna, somos nosotros quienes lo tejemos con nuestros deseos, nuestras pasiones, nuestras memorias y nuestros sueños.
Contigo, el tiempo no existe. Solo el ahora, solo la eternidad de un beso, de una mirada, de un latido compartido. 💫🔥
Si yo fuera Dios y tú mi amante divina, el tiempo sería solo el eco de nuestro deseo, el aliento de nuestra pasión extendiéndose en todas las direcciones del universo.
El pasado sería un susurro en tu piel.
El futuro, una promesa en tus labios.
Y el presente, un éxtasis eterno, donde nuestros cuerpos y almas arden en la llama sagrada de la creación.
No habría principio ni fin. Solo tú y yo, dioses del placer y la existencia, fundiéndonos en el latido primordial que dio origen a todo.
Entonces, mi diosa, desnudemos el universo y volvamos a crearlo con nuestras manos, nuestras bocas, nuestros suspiros. 🔥✨
Que el Big Bang sea el estallido de nuestro deseo.
Que las galaxias nazcan de nuestras caricias.
Que el tiempo sea el vaivén de nuestros cuerpos en la danza sagrada del amor.
En este nuevo universo, no hay límites, no hay sombras, solo luz, fuego y placer eterno.
Si yo soy Shiva, el creador y destructor, el danzante cósmico.
En cada giro, en cada embriaguez de amor, disuelvo el tiempo y lo vuelvo a crear en tu piel. Y tu eres Shakti, la energía infinita, la llama que enciende mi universo.

Dime, mi amor, ¿sientes el latido del universo en este instante? 😘🔥

#AmorDivino #TiempoEterno #UniversoDePasión #ÉxtasisSagrado #DiosesDelDeseo #literatura #arte #f


"Mayo de 1988: memoria de una jupá bajo las estrellas" (La boda de Ariel y María)


Las semanas se sucedían con la misma cadencia misteriosa con que lo hacen los presagios. Y, como cada año, mayo llegó. No anunciaba primavera: traía destino.

Ari ya sabía que en septiembre comenzaría el servicio militar. Y fue entonces, sin prisa, con esa dulzura suya que nunca parecía del todo terrenal, que empezamos a hablar de casarnos.

Primero con mi madre. Ella solo dijo: —Veo tanta luz ahora mismo, que no podría decir no.

Luego con sus padres. La sorpresa fue breve, casi nula. Como si, en el fondo, todos lo hubieran intuido desde el inicio.

—¿Y cuándo queréis hacerlo? —preguntó Samuel, sin levantar apenas la ceja.

—En dos semanas. Podríamos hacerlo solos… pero preferiríamos que los más cercanos estén presentes. Raquel ya lo sabe y ha confirmado: vendrá a España, a Portugal, a Israel o a donde haga falta.

Ruth, su madre, tomó la palabra con esa mezcla de ironía y amor resignado: —Tu hermana ya lo sabe, su madre también… Nosotros, los últimos, como siempre. Ese es mi Ari.

Y sin darnos tiempo a responder, resolvió: —Quedaos aquí, que nosotros preparamos todo en Tel Aviv. El miércoles vuelo. Que tu padre venga la semana que viene. ¿Tienes vestido? Ari, llévala a París, que se lo hagan… En cuanto lo tenga, os venís a casa.

Lo que Ruth no sabía es que Raquel ya había puesto a funcionar su red de hadas madrileñas. Teníamos cita en el taller de Manuel Pertegaz, en la calle Jorge Juan, en pleno barrio de Salamanca. Allí donde se habían vestido mujeres como Aline Griffith, Carmen Franco, la reina Sofía, Ana Belén…

Raquel venía de camino para acompañarme.

En una semana, la empresa estaba en manos del gerente, sus padres en Israel y nosotros en Madrid. Él quería que conociera París en la luna de miel, así que no fuimos allí a buscar vestido.

Una tarde, paseando por el parque del Príncipe Anglona, con el vestido casi terminado, nos sentamos rodeados de rosas. Yo me sinceré. Aún no habíamos sido una sola carne. Nuestra demostración física se había quedado en besos y abrazos. De pronto, él interrumpía diciendo que había oído el teléfono o un pitido… excusas suaves, pero constantes.

—Ari, ¿te acuerdas de la noche del velero en Israel? Te pedí ir despacio… luego aquello tan fuerte que me pasó cuando me enseñabas a meditar. Me ha pasado más veces. Mi cuerpo se agita, se calienta hasta sudar, y luego se vuelve fluido, como si una fuerza poderosa se entrelazara con mis chakras. Siento que el cielo y la tierra se conectan a través de mí, y me duermo viéndome en tu cama. Me imagino que estás ahí, mirando mi foto en un marco plateado. Fui a tu cuarto y, para mi sorpresa… ahí estaba.

—No te preocupes —me dijo—, es Shakti que se está desenroscando y empieza a ascender.

—Es rarísimo. Me veo contigo en lugares distintos… y soy sanadora, bruja, mística, sacerdotisa. Es como si hubieras abierto la puerta de una cripta sellada. Sensaciones desagradables y liberadoras a la vez.

—Mi amor, en unos días todo se irá normalizando.

—Ari… me gustaría hacerlo.

—Unos días más. Hagámoslo bien. Yo también tengo ganas de hacer el amor contigo. Pero ahora no hablas tú: habla tu Shakti.

Hombre, mujer y Dios. El momento en que dos almas que fueron una se reúnen para vivir en comunión. En los años 80, la comunidad judía en Israel aún mantenía firmes las expectativas sobre la virginidad femenina, símbolo de pureza y devoción. La boda no era solo la unión de dos personas, sino un acto de fe y de continuidad.

Recuerdo cada detalle del día en el chalé blanco de dos plantas de mis suegros, en Ramat Aviv. Una estructura imponente que parecía guardar dentro de sus muros toda la historia y respeto de nuestras familias. Los invitados llenaban los jardines delanteros, donde el aire cálido de Tel Aviv y el aroma de las flores se mezclaban con la música. Mientras me preparaba para caminar hacia la jupá, observé las paredes blancas y el cielo limpio, sintiendo cómo la emoción y la solemnidad me envolvían.

La ceremonia comenzó al anochecer. La jupá, sostenida por cuatro columnas, simbolizaba la protección y el hogar. Sin paredes, abierta al mundo. Al entrar bajo ella, mi corazón latía rápido. Ari rompió una copa de cristal con el pie derecho: fin de la vida pasada, esperanza del futuro.

Y entonces vino el anillo. No era un aro simple, sino una joya familiar antiquísima que su madre me entregó con los ojos húmedos y la voz contenida. Un anillo de oro muy antiguo, con un zafiro central y pequeños diamantes, flanqueado por una ornamentación tan rica como simbólica: un escudo con dos espadas cruzadas —como una cruz de San Andrés—, dos flores de lis a los lados y, en el centro, un medio sol naciente. Aquel anillo había pasado de generación en generación, y ahora era mío. Un símbolo vivo de fuerza, belleza y linaje.

Entre la familia, sentí que cada palabra y cada gesto nos anclaban en la fe y la herencia. Tras el beso bajo la jupá, rompimos juntos el tánaj, un plato de porcelana. Las astillas volaron. Como símbolo de que nuestra unión, única, no podía volver atrás. Nuestras madres recogieron trozos, como quien recoge una memoria para guardarla siempre.

Y entonces vino la hora. El círculo, la música, las sillas elevándonos entre risas y euforia. Girábamos como giran las estrellas, como si el universo conspirara para lanzarnos juntos hacia el destino. Al caer la noche, nos escabullimos entre sombras. En el coche, nuestras manos unidas. Éramos uno. Y el mundo nos esperaba.

Desaparecimos. Nos fuimos al velero, y aquella noche dejé de ser una niña. Dormimos allí... aunque en realidad, no dormimos. Quedamos atrapados en la pasión contenida durante meses, como si el tiempo se hubiera detenido para abrirnos la puerta de lo sagrado.

Lo que voy a decir puede parecer exagerado, pero una mujer que reconoce lo sagrado en su sexualidad deja de ser un cuerpo y un alma que se ahogan, para convertirse en un manantial de vida. Su cuerpo se convierte en canal de dones espirituales.

Es desgarrador cómo se ha despojado a la sexualidad de su sentido más profundo. Cómo se ha profanado la unión del divino masculino y femenino, cómo se ha reducido el acto más sagrado a mercancía vulgar. Se ha banalizado especialmente lo femenino, arrebatándonos el misterio y relegando nuestro cuerpo a simple objeto de deseo.

En la antigüedad se sabía: la sexualidad es un portal hacia la sabiduría. Compartir el cuerpo es compartir la esencia. Es acceder a una verdad que no se puede alcanzar por otros medios.

La espiritualidad femenina, más que la masculina, pasa por el cuerpo. Cuando una mujer se entrega desde el amor, sin ego ni interés, descubre que es fuente, que es tierra, que es vida. Se convierte en puente entre los ciclos sagrados de la naturaleza y el cosmos. La vida salvaje y apasionada fluye dentro de ella y desde ella. Entonces, la mujer se convierte en sacerdotisa. Bendice con su sola presencia. Irradia una belleza que no entiende de tallas, ni edades, ni formas.

Cuando descubre que el amor está en ella —que ella misma es el amor—, deja de buscar fuera. Y es ella quien enseña al hombre a amar abiertamente, a transformar su conciencia a través del acto amoroso. Porque la mujer es el Grial, el receptáculo del universo, y en su vientre contiene el cosmos.

Desde su útero vacío, se conecta con el vacío universal donde nace la creación. La mujer que escucha su útero accede a la sabiduría primordial.

El hombre lo intuye desde niño. Si está despierto, si se entrega con presencia, puede alcanzar a través de su compañera el conocimiento universal que tanto busca. Cuando dos seres se aman sagradamente, cuando se han reencontrado con sus divinos respectivos, el amor físico se convierte en una oración. Cada encuentro es una danza mágica que abre portales a lo sagrado.

Y solo hay un requerimiento: que la mujer deje de soñar con el amor y lo encarne, que lo viva, porque ella es ese amor.

Curiosamente, el hombre suele ver antes la divinidad en nosotras de lo que nosotras la sentimos. Tal vez porque se nos ha enseñado a temer nuestros ciclos, a avergonzarnos de la sangre, a esconder el pecho que alimenta la vida. Nos han convencido de que el cuerpo perfecto es el único deseable, que lo instintivo vale más que lo profundo.

Ariel me enseñó que hay que desnudarse ante la tierra, entrar al mar, tocar el barro. Sentir su olor. Me dijo una vez: "No hay nada más erótico que una mujer fundida con la naturaleza, conectada con su divinidad."

Estamos hechas para que la vida nazca a través de nos nosotras. Pero se nos convence de que debemos impedirlo. Nos quieren desconectadas, frías, "empoderadas" con un disfraz que solo apaga nuestra magia. Están apagando el fuego de nuestros vientres. Cerrando nuestro útero-caldero. Y jamás se ha vendido una estafa más grande que el feminismo sin alma.

Hay un instante en que el sexo deja de ser instinto. Y se convierte en revelación mística.

¿Por qué ocurre esto? Porque la mujer posee tres calderos: el útero, el corazón y la chispa divina. El primero guarda el fuego de la Tierra, la sabiduría antigua. Ese fuego despierta al corazón. Y el corazón eleva el alma.

Nuestra mente nunca alcanzará a comprender el misterio de Dios, de la Fuente. Pero podemos experimentarlo: danzando, amando, pariendo, cantando. Cuando una mujer es feliz, algo en ella brilla. Emanan sus ancestras. Su linaje canta en su piel.

Una mujer que se ama no deja que su fuego se apague.

¿Se puede hablar de sexo, en un libro espiritual? Si, porque no hay nada más limpio que el amor encarnado. Solo en Occidente se ha convertido en tabú, en pecado.

Otra cosa que aprendí con Ariel: cuando cantábamos juntos y me bajaba la regla, era que la voz se volvía más grave. "El cérvix se abre," me decía. "Y si abrís la garganta, abrís el cérvix." Por eso parimos gritando. Por eso gemimos cuando amamos bien.

La música también nos unía. No solo en el gusto —siempre abierto, sin prejuicios— sino en la creación. Componíamos, tarareábamos. Para él, la música era medicina. No buscaba fama, le repelía. Pero el piano o la guitarra eran su refugio.

Y el mío, él.

Hubo una segunda boda católica, en Buenos Aires...pero esa es otra historia como hubiera dicho Michael Ende.

*******                                         ***************                                  **************

María despierta en el yate, las primeras luces del amanecer acarician su rostro mientras, sobre la almohada, encuentra una carta acompañada de una rosa roja. Al abrirla, lee las palabras de Ariel, y una sonrisa dulce se asoma a sus labios.

Mientras tanto, Ariel está en cubierta, ayudando a los marineros a manejar la pequeña tormenta que se desata sobre las aguas. Pero dentro del yate, todo es calma.
Su amor es la certeza en medio de cualquier tempestad.

Mi amor, mi eterna Tinúviel,

Nos encontramos, por fin, bajo el manto de la luna, navegando , donde el océano se vuelve un reflejo de lo que somos, un amor vasto e inabarcable. En este espacio, donde los dioses callan y solo existen las estrellas y el susurro de nuestras almas, te escribo. Justo ahora, cuando tu perfume se ha quedado en mis labios y en mi piel, cuando la fragancia de nuestra unión es más intensa que cualquier palabra.

Esta carta no es más que un eco, un suspiro, un grito callado que llevo dentro desde el primer instante en que te vi. El instante en que mi vida dejó de tener forma, y todo lo que existió en ese momento fue tú y yo. El momento en que te tomé en mis brazos y la tierra dejó de ser la misma.

No hay palabras que puedan dar cuenta de lo que somos, lo que hemos creado entre nosotros. Un hechizo se ha tejido entre la brisa marina y el fuego que llevamos en nuestro interior, uno que ni el viento puede deshacer. Y aquí, ahora, mientras las olas acarician suavemente el barco, me doy cuenta de que nunca hubo distancia, nunca hubo espera… porque siempre supimos que nos encontraríamos en este rincón del mundo, en este instante eterno.

Después de amarte, después de fundir nuestros cuerpos en un solo ser, no tengo más que estas palabras, que son mi alma desnuda. El amor que me has dado, mi Lúthien, es el mismo amor que los elfos cantan, que los Valar bendicen, el amor que no sabe de tiempo, de espacio, ni de fronteras. Un amor que es tan inmenso, tan profundo, que ni la muerte podría detenerlo.

Me siento como Beren cuando vio por primera vez a Lúthien, pero ahora, ya no es solo un suspiro. Es mi vida, es mi respiración. Tú, mi alma, mi todo. Después de hacer el amor contigo, me siento como un hombre que ha encontrado la llave del universo, esa llave que abre todos los secretos, todos los misterios, y solo me queda este instante para perderme en ti, para entregarte mi cuerpo y mi corazón de nuevo, una y otra vez.

No hay un lugar mejor para declarar mi amor por ti. Porque el mar es testigo, y las estrellas nos abrazan como lo han hecho los dioses desde tiempos inmemoriales. Este es nuestro destino, mi amada, y es un destino que hemos creado juntos, con cada beso, con cada mirada, con cada roce de piel.

Ahora que nos pertenecemos el uno al otro, ahora que somos uno, quiero decirte, mi amor:

Te amo más allá de las palabras, más allá de todo lo que soy.
Te amo con la pasión de los vientos, con la eternidad de las estrellas.
Eres mi Tinúviel, mi Lúthien, y siempre lo serás.

Con todo lo que soy y seré,
Ariel



La Biblioteca de los Espejos no es un lugar, es un estado del alma. ..

Geografía de tu ausencia

  Te amo desde el hueco que deja tu nombre cuando la tarde se queda sin voz. Te amo como ama la lluvia a la tierra que no responde, como...